Chito las bocas

Agustín Valle (ensayista y tallerista de escritura, docente en FLACSO, UNAHUR y UNPAZ)

 Era verde. Lo que más nos sorprendía era eso, la primera vez que íbamos a la cancha; me acuerdo cómo me sorprendió entrar y ver lo verde que era.

Juan José Panno.

Cosa de ver lo que hacen los yankis. Rompen todo. Ahora agarraron el fútbol, que tan ajeno les era. No es que lo alojaron, como en 1994; ahora lo agarraron, y le dan forma. Su forma. Sabido es que Estados Unidos realizó un ataque contra la FIFA, después de que en 2010 le asignaran el mundial del 22 a Qatar y no a ellos. En el llamado “fifagate”, por cierto, el FBI no mandó sopre a Julio Humberto Grondona porque ya no vivía. Ahora el Mundial es de ellos. Ya era de ellos el Western, es decir el género “Occidental”, ahora el Mundial entero. El fútbol. Vuelto una sucesión de instantes optimizados para el rendimiento máximo; cada instante es apostable, anotable… Todo contable, medible, calculable. El deporte, el juego, se cuelan, se filtran; brotan, acaso. Pero la verdad no está en los cuerpos; verdadera es su mensura. Vemos de pronto una imagen digital hecha por computadora, que representa jugadores y mide distancias y posiciones (el videíto de segundos que muestra lo que llaman “imágenes del VAR”, fórmula de una semántica creyente de la religión conectiva). Esas “animaciones” simplifican la vida -los cuerpos, el verde césped, la pelota-, esquematizándola, y todas siempre dicen lo mismo, todas dicen acá está la verdad, esto es lo que pasó, no se habla más.

La verdad no está en los cuerpos; la verdad sobre ellos se establece en las máquinas de medir, contabilizar y así representar.

Ir a la cancha para tener, arriba del verde césped -como en el cielo-, una pantalla poderosa de imágenes coloridas y súper luminosas -más luminosas que el día-; cincuenta metros de pantalla coronando la cancha. Entrar en el estadio es, para el ojo, ingresar en el campo de alcance de esa solicitud atencional, la mega pantalla estridentosa, mucho más poderosa que todos los cuerpos que representa. Si Benjamin hablaba de “un paraje donde todo había cambiado menos las nubes, y en el medio, atrapado en un campo de fuerzas y explosiones destructivas, el insignificante y frágil cuerpo humano”, ahora podríamos cambiar algunas palabritas nomás: “un paraje donde todo había cambiado, hasta las nubes, y en el medio, atrapado en un campo de fuerzas y explosiones cautivantes, el insignificante y frágil cuerpo humano”. Porque además aún no llegamos a lo pior. Que es que no solamente los veintidós jugadores son tratados como personajes-titanes de gracias y rendimientos mensurables, jugadores de la plei; no solamente, además, los tiempos del partido, el partido como territorio temporal, el partido como círculo mágico de juego, es quebrado para tirarnos publicidad y traccionarnos a cliqueos diversos en el celular. No: algo peor. Que es el ataque al aliento. O más integralmente a la presencia multitudinal. Reunir cincuenta, sesenta, setenta mil personas, en un show de la alienación conectiva, donde hay para quienes el momento extasiático de ir a la cancha es verse representados en las mega pantallas; en fin, se sabe esto. Se mira la tierra pero el árbitro terrenal verifica la verdad en una pantalla de imagen digital. Pero más: ya no es solo los ojos, no es solo la mirada. Ahora los estadios informáticos envuelven y maquinizan, también, el aire aural. El ambiente sonoro. La atmósfera invisible que, vibrátil, inunda todo. Dos por tres, en volumen arrollador, una avalancha de música, voces y efectos de sonido ahogan el cuerpo humano -que, aunque frágil e insignificante, cuando forma una reunión de sesenta mil, puede significar con mucho poder: el grito de la multitud. El grito, el canto, la canción de muchos miles; y más: el aliento. El aliento común. ¿O no es uno de los milagros de ir a la cancha, experimentar esa producción de un aliento multitudinal? Voz, canto, grito, aliento. El aliento, el sonido del aliento, es audible en la reunión de la multitud, ese otro baño sonoro, que es más que baño, porque literalmente nos atraviesa con sus ondas, pero, además, que está afuera y adentro, lo hacemos nosotros; un ambiente de constitución corporal. Una atmósfera cuya tierra es el entramado vivo de cuerpos. Un entorno mágico generado por la presencia de muchos cualesquiera: hinchas, que saben la canción que comparten -un saber que está allí, en el cuerpo, y de ellos surge. Pero suena el parlante arrollador, suena la música, suena el estruendo del estadio yanki. Aplasta al canto de la multitud, lo inhibe. Hay un gol y lo que suena en el estadio es una grabación programada. Se oye a ¿la gente, el público, los fans, la hinchada? solo cuando y gracias a que la máquina le da permiso. Su poder pedagogiza: le enseña al cuerpo que es menos, incluso siendo tantos.  Hay un gol, gente, hay un gol, y le tiran una canción… Los estadios yankis son máquinas de silenciar a la multitud.

En el Mundial pasado, se dijo que el Chiqui Tapia reaccionó a la derrota con Arabia organizando el viaje de doscientos barras a Qatar, que, a partir del partido siguiente, hicieron que los encuentros de Argentina se parecieran un poquito más a un partido de acá. Porque además la barra funge de vanguardia cantora, o sea que su acción activa la potencia de las otras docenas de miles de hinchas argentinos presentes. Se veía -como se ve ahora- a los jugadores festejar cada triunfo acercándose lo más posible al núcleo de la hinchada argentina, cantando con ella, siendo parte de ella, hinchificándose, sí, esos millonarios, que también, como dijo no recuerdo cuál de ellos aquella vez, también son pibes criados acá, en el fútbol argentino (“nosotros estuvimos ahí del otro lado”, en referencia a la tribuna). Tienen un acervo experiencial, un roce, una memoria, que puede estar normalmente subordinada al negocio, pero que también puede tener momentos de revitalización. Flujos de cultura popular como filones menores en el imperio del capital, su narrativa contable y su dominación digital.

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