Contra el VAR
Ariel Pennisi (ensayista, docente, editor, Doctor en Ciencias Sociales)
A la hora de posicionarse sobre el VAR no hay medias tintas. ¿Maradona o el VAR? ¿La mano de Dios o posición adelantada por una milésima de uña de un delantero atónito? ¿Cuerpos que danzan sus rudimentos o almas temerosas a la mínima fricción? ¿Festejos de goles que arrastran dudas y engendran polémicas o revisiones que vuelven el tiempo atrás y deshacen lo inefable? ¿Reglas que se respetan y cuestionan en el mismo movimiento, o sentencias definitivas provenientes de una máquina incuestionable? ¿El juego como fenómeno antropológico, como unidad de sentido, o el deporte convertido en un agregado de información?
El fútbol puede ser un teatro de la tragedia vital, donde lidiar con la injusticia mantiene vivo un sentido de justicia, pero la producción futbolística de los últimos cortos años se parece a un altar de la eficiencia, donde el ideal de “precisión” o transparencia disuelve cualquier sentido de lo justo, cuyo lastre indecidible contribuye a su razón de ser.
El Var nada tiene que ver con “mejorar” el arbitraje, ni con volver más “preciso” el deporte. Más bien desrealiza el componente de arbitrariedad del referí que, por cierto, es un jugador más. Porque las reglas no son exteriores, no vienen del más allá, ni son definitivas. La regla como fenómeno antropológico forma parte del movimiento del juego y está expuesta a las mutaciones propias de aquello que reglamenta. Por otro lado, la precisión es potestad de los jugadores (incluyendo al árbitro), es decir, las virtudes del enganche que hace su mejor pase, del saguero que sale al cruce en el momento justo o del delantero que manda la pelota a la ratonera. La precisión, en el fútbol, se confunde con la belleza. En Maradona, por ejemplo, no se puede distinguir precisión y belleza, por eso, como alguna vez él mismo reconoció ruborizado, sus goles eran más lindos.
En referencia a los cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en el Mundial de 1986, alguien dijo que de haber habido VAR en aquel entonces, ese gol no habría tenido validez y, como la pusilanimidad no tiene límites, agregaron que incluso el mejor gol de la historia de los mundiales, que Maradona regalo apenas unos minutos después, también hubiera sido anulado por una falta anterior. Redoblemos la apuesta: el gol de la “mano de Dios” supone una inteligencia y una destreza, un grado de irreverencia y hasta de humor, que componen el barro cotidiano del potrero con el alto rendimiento deportivo, el drama de una guerra mal parida con el deseo de festejo de un país que venía de una dictadura genocida… ¡Qué mentalidad pacata, qué espíritu gélido dedicarían a esa maravilla su voluntad de disección! La frase “es sólo un partido de fútbol” forma parte de un sentido común precursor del VAR. “Esto es esto, aquello es aquello”, formato pedestre del pensamiento “claro y distinto” cartesiano. Pues bien, ahora todo es información e incluso los compuestos de emoción, picardía, brillantez, atletismo, son sometidos a una desagregación que no deja sentido en pie. Capas de historia que se amontonan como una millefoglie deliciosa, entre crujiente y aireada, sobre todo, caprichosa, son separadas en láminas que solo pueden satisfacer una voluntad metafísica de ordenamiento y hasta sometimiento de las cosas.
Lo que el VAR instaura nada tiene que ver con ninguna precisión, sino con un régimen distinto al régimen antropológico en el que se inscribe el juego. El VAR no asiste al árbitro ni es en sí mismo un nuevo árbitro, básicamente, porque las máquinas no pueden ser arbitrarias. La sustitución del componente arbitrario por parte de la unidireccionalidad de la máquina es ya el ingreso en un régimen de pura información. Por eso la uña de un jugador adquiere un estatuto que en el juego no tiene: porque la posición adelantada es una regla que pretende evitar la desmesurada ventaja de un rival por su cercanía al arco contrario, mientras que el ojo digital del VAR no ve cuerpos, sino unidades de información. Además, las reglas, que en su ambivalencia contienen una cara exterior al juego, pero, al mismo tiempo, forman parte de él, permiten a los equipos elaborar estrategias -por ejemplo, para dejar en posición adelantada a los rivales o para evitarla en el propio ataque-, a los jugadores desarrollar un sentido particular; mientras que la introducción de un vector que escapa estructuralmente a los sentidos de árbitros y jugadores, que sólo puede cifrarse como información por un dispositivo digital desplaza los las posibilidades de la inteligencia corporal en beneficio de los posibles de la máquina. Entonces, el offside se transforma en otra cosa, por un pelito o por un hombro, por la punta del botín o “por una cabeza”, para decirlo con el tango, da igual… para el Video Assistant Referee hay unidades de información.
La semilla fue plantada, por inseminación artificial, ¿cuánto falta para que, en nombre del correcto funcionamiento, de la precisión que sólo existe en el régimen de la información, se elimine los arbitrajes y se avance sobre la fisonomía misma de los jugadores con chips en sus vestimentas o incluso intracutáneos? El VAR supone ya un grado de hibridación entre la dinámica orgánica y el funcionamiento digital que hace prevalecer asimétricamente al vector digital, es decir, que, en lugar de hibridación, se trata de una forma de colonización técnica de algo que está vivo. La lógica del puro funcionamiento que alcanza cada vez más rincones de la vida se exhibe como espectáculo en un juego arraigado en las pasiones populares, que desde hace ya algunas décadas fue invadido por otro deporte hecho de estadísticas y rankings. La hibridación es irreversible, la relación con el salto tecnológico (digital, algorítmico) ya modifica comportamientos y percepciones, modifica al juego mismo. En ese sentido, no es desde un afuera imaginario, ni desde una moral anacrónica que podemos comprender lo que está pasando, sino desde dentro del híbrido ¿En nombre de qué podremos establecer un límite en virtud de nuestros propios posibles, de una cierta imagen de lo deseable? Por ahora, podemos afirmar que funcionar no es jugar.[1]
Otro juego, menos masivo que, como el ajedrez, es expuesto históricamente a experimentos con computadoras, es el Go, el milenario juego chino de tablero. A propósito de ello, Miguel Benasayag da cuenta de su participación como espectador -invitado junto a otros científicos-, de la contienda de Go que tuvo lugar en octubre de 2016 entre el último campeón y un programa de Google denominado AlphaGo (hoy, ya superado por AlphaZero). Mientras la victoria de la máquina entusiasmó a los promotores del evento y a la mayoría de los invitados, Benasayag advirtió que la máquina no había ganado porque, en realidad, nunca jugó, sino que perfiló los comportamientos de su rival mediante la lectura de microcomportamientos y realizó a gran velocidad los cálculos necesarios para acorralarlo. Es un caso muy claro sobre cómo la intervención tecnocientífica no “descubre” algo que permanecía oculto por falta de instrumentos, sino que coproduce nueva realidad o reconfigura lo que existe. Jugar significa explorar posibles, supone una suerte de “no saber” estructural, incluso imaginar movimientos en el borde de las reglas o entregarse a imprevistos. Al menos, eso sucede en el mundo de los vivos (valga el doble sentido, negado, por cierto, a las máquinas). No es lo que hace AlphaGo y, en la interacción con la máquina, el jugador tampoco es el mismo, su relación con la potencia algorítmica no puede ser sino de subordinación.
La IFAB (The International Football Association Board), que se autodefine como “Guardians of the lawes of the game”, publica en su página un protocolo en el que se explicitan los principios y reglas que regulan el nuevo juguete, donde se aclara: “el VAR puede asistir al árbitro únicamente en caso de que se produzca un ‘error claro, obvio y manifiesto’ o un ‘incidente grave inadvertido’”. Hasta ahí, parece sostenerse cierta simetría entre la experiencia sensorial y la máquina, pero en la sexta regla del protocolo se lee: “No hay límite de tiempo para el proceso de revisión, puesto que la precisión es más importante que la rapidez.” Eso que llaman “precisión” es, como decíamos, la transformación en cálculo digital de un compuesto sensible, cultural e histórico, como el fútbol o como podría serlo cualquier juego con sus rituales, conflictos y márgenes de error; mientras que desestiman explícitamente la “rapidez”, es decir, el ritmo del conjunto, su continuidad orgánica y sus baches aleatorios, es decir, una experiencia del tiempo que incluye a quienes lo vivencian.
Es cierto que el estiramiento de los partidos genera más minutos de televisación, redes y todo lo que se mueve en torno a un espectáculo tan masivo. De ahí, por ejemplo, la bochornosa “pausa de hidratación”. No nos es ajena una vieja discusión en torno a la profesionalización del fútbol primero y luego su completa mercantilización, pero hasta ahèi, permanecemos en un mundo aun demasiado humano. Si bien el problema que el VAR nos plantea forma parte de esa misma historia, introduce otra discusión que resulta más urgente. Los promotores de esta primera etapa de digitalización del fútbol (no hay forma de no suponer que es recién el comienzo) lo hacen en nombre de la “precisión”, una verdad técnicamente producida. Ya no se trata del discurso del “progreso” y sus valores, en nombre de los cuales se produjeron genocidios, se esclavizó a millones de personas, se sometió a masas de trabajadores y se dio curso al actual ecocidio, sino de rendimiento puro y duro, esta vez, sin mística, sin orden ni progreso.[2] La tecnificación digital, que involucra mediciones de todo tipo, uso cotidiano de satélites, sustitución de imágenes, comunicaciones, entre otras posibilidades, adquiere una autonomía que excede en fuerza y velocidad las posibilidades de los colectivos humanos (desde países hasta comunidades) para siquiera preguntarse por formas de uso, regulaciones, miradas éticas. Pero la tecnología, como sabemos, no consiste simplemente en la introducción de funciones o mejorías, útiles o divertidas en la vida de las sociedades, sino que forma parte de dispositivos complejos que diversamente y según el caso y el momento histórico reúnen prácticas, leyes, discursos, intereses económicos y políticos, tendientes a orientar percepciones y comportamientos. En ese sentido, el salto tecnológico actual supone ya un modo de producción del mundo que no nos deja indemnes, por eso es necesario volver a conocernos, porque esta nueva casa supone también nuevos habitantes.
El error, que en una lógica plena de “funcionamiento” debe ser eliminado, en el mundo de los organismos hace parte de una exploración. El doble sentido y la trampa, son los puntos de vista que mejor conocen las reglas. El juego, errante, no progresa, cambia y vuelve sobre sí, repite una y otra vez, ineficientemente vivo. Y lo hace de manera entreverada, impura, como todo lo que ocurre en un mundo abierto de belleza y espanto, del que el fútbol aun con todas sus miserias, forma parte. La tendencia que en el juego acompaña la aparición del VAR es la de coreografías robotizadas, jugadores que se dejan modelar, técnicos que parecen ingenieros y coaches (que no pocas veces son ingenieros de origen). La verdad del VAR es estúpida en la medida en que deja afuera la indeterminada relación entre sentido y sinsentido, la pregunta angustiosa y la alegría inexplicable, justo esa que interrumpe el árbitro cuando dibujando un cuadrado imaginario en el aire anula un gol ya festejado. ¿Creen que se vuelve atrás en el tiempo? Eso no es posible, lo que hace el VAR no es volver atrás, sino sumar aplazo y frustración hacia adelante, hasta que se agote el sentido mismo del juego. En cambio, de vez en cuando un jugador o un equipo hacen que los últimos minutos de un partido se sientan eternos, valga la intensidad de la selección argentina en el final contra Egipto o contra los ingleses, o bien, algún otro desafía las leyes de la gravedad, como confesó Lautaro Martínez en el cabezazo que le dio a la “scaloneta” el pase a la final del mundial.
Un filósofo alemán, a inicios de la década del 40 señalaba que la obsesión por fijar récords en los deportes era una forma más de expresión del empuje técnico sobre la vida, es decir, la matriz técnica como sustitución de matrices perceptivas, formas de razonar y actuar. Profetizaba Ernst Jünger: “la técnica y el ethos se han vuelto sinónimos”. Su longevidad le permitió seguramente ver por televisión el fetichismo del cálculo que los principales espectáculos deportivos desplegaron con obscenidad en cada conteo de metros recorridos por un jugador o pases acertados por otro y así. Riquelme cuestiona las tecnologías de medición de pasos y pases, en varias entrevistas se lo escuchó decir que “primero hay que jugar bien”, Su descontento y su respuesta no son solo una cuestión de estilo o, mejor dicho, el estilo no es nada menor, porque nos recuerda que siempre se trata de modos de ser. En este caso, el imperio de la cantidad, o las mañas de lo vivo, que albergan lo incalculable. A pesar del VAR y las triquiñuelas de la FIFA y sus secuaces la vida insiste en el fútbol, en el desparpajo de los que prueban su suerte o en la madurez de un Messi como último decantado del saber de un cuerpo.
[1] En ese sentido, recomendamos la lectura imprescindible de ¿Funcionamos o existimos? Una respuesta a la colonización algorítmica, de Miguel Benasayag (Prometeo, 2021).
[2] La leyenda de la bandera de Brasil, “Ordem e Progresso” convivió contradictoriamente, de manera compleja, con el “jogo bonito” como emblema de su fútbol…