El mundial en su laberinto: las nuevas manchas de la pelota

Mónica Santino (directora técnica de fútbol, ex futbolista)

El Mundial 2026 se presenta como una escena ampliada del fútbol global, pero también como una condensación de las tensiones de época. Organizado por Estados Unidos, México y Canadá, este torneo inaugura una nueva escala: más equipos, más partidos, más territorios implicados. Sin embargo, lo que aparece como expansión también puede leerse como profundización de un modelo. El fútbol, lejos de ser un territorio neutral, se vuelve cada vez más un dispositivo donde se cruzan intereses económicos, estrategias geopolíticas y disputas culturales. En ese cruce, la pelota ya no es inocente. Está marcada.

Hablar de las “manchas” del fútbol no implica negarlo, sino asumirlo en su complejidad. Durante décadas, el relato dominante construyó al Mundial como una fiesta universal, un paréntesis donde las diferencias parecían suspenderse. Pero esa narrativa, sostenida en gran parte por FIFA, convive con una trama menos visible: desigualdad en la distribución de recursos, explotación laboral en la construcción de estadios, desplazamientos urbanos, control tecnológico sobre los cuerpos y las multitudes. En 2026, esas tensiones no desaparecen: mutan, se sofistican, se vuelven más difíciles de nombrar.

La ampliación a 48 selecciones puede leerse como un gesto de apertura, una oportunidad para federaciones históricamente relegadas. Pero también responde a una lógica de mercado: más partidos implican más derechos de transmisión, más sponsors, más circulación de capital. La inclusión, en este contexto, se vuelve ambigua. ¿Es una democratización real del fútbol global o una ampliación del negocio bajo el lenguaje de la diversidad? La pregunta no tiene una única respuesta, pero sí una certeza: el crecimiento del fútbol no es neutral, y sus beneficios no se distribuyen de manera equitativa.

En paralelo, el carácter trinacional del torneo introduce una dimensión geopolítica ineludible. No se trata solo de cooperación entre países, sino de la consolidación de una región como epicentro del espectáculo deportivo global. Estados Unidos, en particular, reafirma su lugar como potencia organizadora y mercado central del entretenimiento. México aporta tradición futbolera y una relación histórica con el Mundial. Canadá se integra desde una lógica de expansión. En conjunto, configuran un mapa donde el fútbol dialoga con políticas migratorias, economías desiguales y disputas por la visibilidad internacional.

Pero el Mundial no se juega solo en las sedes. Se juega también en el plano simbólico. El fútbol es uno de los lenguajes culturales más extendidos del mundo, y como todo lenguaje, está atravesado por relaciones de poder. En ese terreno, la perspectiva feminista no es un agregado reciente, sino una intervención que desestabiliza las bases mismas sobre las que se construyó este deporte. Durante gran parte de su historia, el fútbol fue un espacio de exclusión: las mujeres fueron prohibidas, ridiculizadas, invisibilizadas. La cancha, como tantos otros espacios sociales, fue delimitada por una masculinidad hegemónica que definía quién podía jugar y quién no.

Sin embargo, esa historia también está hecha de resistencias. En 1971, en Ciudad de México, se disputó un Mundial femenino no oficial que convocó a miles de personas. Las tribunas llenas contrastaban con el silencio institucional. Aquellas jugadoras no solo desafiaron una prohibición: construyeron un antecedente político y cultural que durante décadas fue ignorado por los relatos oficiales. Nombrar ese torneo hoy no es un gesto nostálgico, sino un acto de justicia histórica. Es reconocer que el fútbol femenino no nace con su reconocimiento institucional, sino con la persistencia de quienes lo sostuvieron en los márgenes.

Desde entonces, el recorrido ha sido desigual. Hubo avances, retrocesos, conquistas parciales. Los mundiales femeninos organizados por FIFA en las últimas décadas evidencian un crecimiento sostenido en términos de visibilidad, profesionalización y audiencias. Estadios llenos, transmisiones globales, figuras reconocidas internacionalmente. Pero ese crecimiento convive con desigualdades estructurales: brechas salariales, condiciones laborales precarias, falta de inversión en ligas locales, escasa representación en espacios de decisión.

En ese contexto, la irrupción de las jugadoras como sujetas políticas marca un punto de inflexión. Ya no se trata solo de competir, sino de disputar el sentido del juego. Las denuncias por desigualdad, los reclamos por premios equitativos, las críticas a las federaciones y los gestos de protesta dentro y fuera del campo forman parte de una nueva escena. El fútbol femenino no solo crece: incomoda. Y en esa incomodidad reside su potencia transformadora.

Esa potencia no se limita al fútbol practicado por mujeres. Su impacto atraviesa todo el campo futbolístico. Interpela al fútbol masculino, cuestiona sus prácticas, expone sus violencias naturalizadas. Desde los cantos en las tribunas hasta las estructuras dirigenciales, pasando por los modos de narrar el juego, la perspectiva feminista introduce preguntas que ya no pueden ser eludidas. ¿Qué cuerpos son celebrados y cuáles son descartados? ¿Qué violencias se toleran en nombre de la pasión? ¿Qué historias se cuentan y cuáles se silencian?

En este entramado, resulta imposible ignorar la dimensión internacional que excede al propio torneo. El lugar de Estados Unidos como potencia global agresora e involucrada en conflictos armados en Medio Oriente introduce una tensión ética que atraviesa al Mundial 2026. La persistencia —y en algunos casos la intensificación— de estas guerras convive con la organización de un espectáculo que moviliza audiencias planetarias. Mientras territorios enteros son devastados, mientras poblaciones civiles son desplazadas y la violencia reconfigura la vida cotidiana, el calendario del fútbol sigue su curso.

El contraste no es menor. El Mundial se presenta como celebración, como encuentro entre culturas, como fiesta global. Sin embargo, esa escena convive con un mundo atravesado por conflictos donde las asimetrías de poder son evidentes. La continuidad del espectáculo, en este contexto, no es ingenua: forma parte de una lógica que permite que la vida siga —o parezca seguir— sin interrumpir los circuitos del consumo y la visibilidad.

Desde una perspectiva feminista, esta disociación exige ser pensada. Las guerras no son abstracciones geopolíticas: tienen impactos concretos sobre los cuerpos. Mujeres, niñas y diversidades suelen ser quienes padecen de manera más aguda el desplazamiento forzado, la violencia sexual como estrategia de guerra y la precarización extrema de la vida en contextos de conflicto. Incorporar esta mirada implica ampliar el campo de análisis del fútbol, sacarlo de su pretendida neutralidad y ubicarlo en el entramado de relaciones de poder que lo hacen posible.

La pregunta que emerge no busca clausurar el juego, sino interpelarlo: ¿qué significa celebrar mientras otros territorios arden? ¿Qué lugar ocupa el deporte en un mundo atravesado por la violencia? ¿Qué responsabilidades tienen los organismos que lo organizan, como FIFA, y los Estados que lo sostienen? Lejos de proponer respuestas simples, estas preguntas invitan a incomodar el relato dominante y a construir una ética que no se limite al campo de juego.

Pensar el Mundial 2026 desde esta perspectiva implica asumir que el fútbol está en disputa. No alcanza con consumir el espectáculo; es necesario leerlo críticamente. Defender el fútbol, en este marco, no es idealizarlo ni negar sus conflictos. Es, por el contrario, involucrarse en ellos. Es sostener su dimensión comunitaria frente a la lógica del mercado, disputar los espacios de decisión, garantizar condiciones dignas para todas las identidades, visibilizar las historias borradas.

En América Latina, y particularmente en Argentina, estas discusiones adquieren una densidad específica. El fútbol no es solo un deporte: es un elemento constitutivo de la identidad cultural. Por eso, las transformaciones en el campo futbolístico tienen un impacto que excede lo deportivo. La emergencia de proyectos colectivos, clubes de barrio, organizaciones feministas vinculadas al fútbol muestra que existen otras formas de habitar este espacio. Formas que priorizan el vínculo, el derecho al juego, la inclusión real por sobre la rentabilidad.

El Mundial 2026, entonces, puede ser leído como un punto de llegada y, al mismo tiempo, como un punto de partida. Un evento que cristaliza las tensiones del presente, pero que también abre interrogantes sobre el futuro. ¿Qué fútbol queremos? ¿Uno cada vez más concentrado, espectacularizado y excluyente? ¿O uno capaz de reinventarse desde sus márgenes, de incorporar otras voces, de redistribuir sus recursos y sus sentidos?

Entre las nuevas manchas de la pelota también aparecen nuevas posibilidades. La historia de las pioneras del 71, las luchas actuales del fútbol femenino, las experiencias comunitarias que resisten la lógica del mercado, todas ellas configuran un horizonte en disputa. El fútbol, en su dimensión más profunda, sigue siendo un territorio donde se juega algo más que un resultado. En ese laberinto —hecho de negocio, política, cultura y deseo— no hay salidas simples. Pero hay caminos. Y en cada uno de ellos, la pelota sigue rodando, cargada de historia, de conflicto y de futuro.

Fotografías de MICAELA IRIBARREN

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