Éxodo y frontera

(extracto de la parte final del libro que Marco Mazzeo escribió sobre el pensamiento de Paolo Virno, titulado Caminar sobre la cabeza del rey, de próxima publicación por Red Editorial y Tercero Incluido)

Marco Mazzeo                                                                                                       

El éxodo es un concepto fundamental de la antropología política de Paolo Virno. Antes de pasar a analizar las principales críticas que ha recibido, veamos rápidamente de qué se trata. En 1981, en la revista Metropoli, la misma que según la Comisión Parlamentaria de Investigación constituía un peligroso «proyecto político» «inquietante […] por la amplitud de los medios de que disponía»[1], apareció una sección completa dedicada a la Cultura de la frontera. Se trata de un rico suplemento en el que aparecen textos de B. Franklin (Consejos para quienes desean trasladarse a América), del historiador estadounidense F.J. Turner (El significado histórico de la frontera), de los escritores J. London (Cómo no abandonar un tren) y W.C. Williams (Daniel Boone y la conquista de Kentucky) y algunos artículos que analizan el problema desde diferentes puntos de vista. Además de los ensayos de C. Rosselli, L. Castellano, E. Carnevali y A.F. Lame Dreer, Virno completa este espacio con tres intervenciones. En el texto introductorio se explica un paso fundamental, que a menudo ha escapado al debate posterior (con una excepción: Mackowitz, 2019). La noción de «éxodo» es comprensible si, y solo si, se distingue entre «límite» y «frontera». La primera es «estable y fija», la segunda «móvil e incierta»; la primera está regulada por «sanciones jurídicas o morales», la segunda representa «un área indefinida» (Virno, 1981). Por esta razón, se añade, «la cultura de la frontera representa la única cultura alternativa a la socialista». (ibíd.) Un fenómeno típicamente norteamericano, la posibilidad de desplazarse hacia el oeste, hacia zonas deshabitadas que aún en el siglo XX constituyen tierra de nadie, se convierte en el paradigma de una antropología política cuyo punto de partida es Karl Marx.

El enigma se resuelve con una referencia teórica precisa que se repetirá en escritos posteriores (véase “Materiales”, “Entrevistas en el jardín”). En la parte final del primer libro de El capital, aparece una sección titulada “Una teoría moderna de la colonización”. En un texto con un título significativo, Marx y el sentimiento de abundancia, Virno especifica que el filósofo de Tréveris acaba hablando «en concreto casi exclusivamente de la función social de la “frontera” norteamericana» (ibíd..). Allí donde nace el capitalismo, precisamente allí se enfrenta a algo que «no ha funcionado» (ibíd.). «En las colonias», por ejemplo, «la bella ilusión» de una sociedad basada en la «relación libre entre […] poseedores de mercancías […] se rompe» (Marx, 1864).

Llegan de todas partes trabajadores que han huido de la industria del Este y que «en lugar de trabajar para el capital, trabajan para sí mismos y, en lugar de enriquecer al señor capitalista, se enriquecen a sí mismos». Todo esto repercute «de manera muy perjudicial en la situación del mercado laboral» (ibíd.) El punto de vista se invierte (Virno, 1981): «a diferencia de lo que ocurrió en Europa, no son los campesinos reducidos a la miseria los que se convierten en obreros, sino los obreros adultos los que se transforman en agricultores libres. Se plantea el problema del trabajo independiente». Por un lado, surge una figura hoy muy conocida: el trabajador autónomo que debe procurarse los medios de subsistencia porque no es propiamente un empleado ni un empresario. Por otro lado, en los Estados de la frontera, esta figura es una imagen liberadora y no, como ocurre ahora, de completa sumisión a la economía de mercado. En lugar del culto soviético al colectivismo sin singularidad, a la pobreza austera y a la gloriosa rigidez del papel social del obrero, la cultura de la frontera afirma «el nomadismo, la libertad individual, el sentimiento de abundancia» (ibíd.). La frontera no está marcada por un límite: una señal de tráfico que indica la separación entre dos realidades institucionales, normalmente estatales, en las que rige el monopolio de la decisión soberana. La frontera vive de los límites: marca el paso de una realidad determinada a otra indeterminada, gracias a la cual es posible una «sustracción continua de roles preestablecidos».

Sobre esta distinción preliminar se inserta una categoría política específica, el éxodo. No se trata de una simple huida, sino de lo que se definirá como «nada distinto a cambiar de tema cuando la conversación se desarrolla por caminos bien definidos» (MS.) Ya en 1989 se ofrece una descripción detallada de esta «sustracción emprendedora» (IM.) Retomando la imagen bíblica de los judíos que, para liberarse, no se enfrentan al faraón para tomar el poder en Egipto, sino que se trasladan a nuevas costas, el éxodo es ante todo «una experiencia de conflicto y de civilización positiva» (ANS.). Se trata de una medida política radical precisamente porque no es reactiva (o, como diría el lector perplejo, «resentida»). Al sustraerse al poder sin querer tomarlo, es posible «cambiar de contexto» (ibíd.), término que en esta antropología pronto adquirirá un significado teórico comprometido. Cambiar de contexto significa trastocar todo el mundo perceptivo y lingüístico: partir no de las condiciones dadas, sino de diferentes coordenadas institucionales y de poder, sensoriales y comunicativas, de costumbre y de uso. Evito tomar el poder no por esnobismo radical-chic (qué aburrida es esa gente que siempre piensa en el hambre). Simplemente, ese poder no me interesa.

A esta «invención audaz» (GM.) le confío la tarea de «hacer frente […] a la peligrosa inestabilidad de nuestra especie, al margen de cualquier «monopolio de la decisión política» (ECV.). Por ello, continúa, el éxodo consiste en un «cambio semántico» capaz de modificar toda la «representación de la realidad» (ANS.). Dado que los sapiens habitan un mundo y no un entorno, el éxodo se parece poco al desplazamiento de las ovejas en la transhumancia. Propone nuevas posibilidades que se basan «en una riqueza latente, […] en un exceso de sociabilidad, conocimientos y conciencia» (ibídem). El desplazamiento al que da lugar no corresponde al descubrimiento de un pasto mejor, más verde o más abundante, sino, por seguir con la metáfora, a diferentes formas de alimentarse, de organizar la supervivencia a través del recurso necesariamente compartido de las facultades humanas que solo pueden realizarse históricamente a través de lenguas, instituciones y técnicas. Gracias al abandono del análogo capitalista del Egipto bíblico («jerarquías, disciplinas, reglas»), el éxodo produce finalmente «otras relaciones sociales» (ibíd.).

La medida es poderosa por una razón más explícita en obras posteriores. Dado que el capitalismo se propone como mundo definitivo y fin de la historia, se hace pasar por un auténtico «pseudoambiente» (QVC.). En la economía de mercado, el animal humano puede encontrarse finalmente en su líquido amniótico, como le sucede al pez en el agua: fuera de él, solo muerte y destrucción, exactamente igual que le ocurre a un atún varado en la playa. Dado que conduce de una realidad institucional determinada a otra indeterminada, la experiencia de la frontera no solo ofrece nuevos modelos políticos, sino que reafirma un hecho antropológico. Los sapiens, en contra de la presunción neoliberal, habitan un mundo, no un nicho ecológico (cap. II). No es de extrañar, pues, que el éxodo y la frontera impliquen una organización social diferente del sentimiento típico de quien «no se siente en casa» (ANS.) El perturbador desarraigo cotidiano de quienes viven el capitalismo tardío no desaparece, ni encuentra condena. En la experiencia de la frontera, a través del éxodo político, lo Unheimlich muestra un potencial liberador. No me siento en casa y, por lo tanto, me voy. Me voy con el fin de encontrar algo que no sea un «hogar» en el sentido que le da el mundo del que provengo: familia, patria, dios. «Nada es menos pasivo» porque «la deserción modifica las condiciones en las que tiene lugar la contienda, […] cambia el contexto en el que ha surgido un problema» (GM.) Dado que el éxodo es «un modelo de acción completo» (IM.), repetible a voluntad, es posible convertir lo perturbador en el medio para superar el animismo, la superstición fetichista y la dependencia personal con vistas a instituciones que den una realización liberadora al intelecto general. Lo conocido que se convierte en desconocido no se expulsa ni se domina de una vez por todas; se convierte en el recurso para un experimento común capaz de “alterar la gramática de una forma de vida” (MS). […]

[1] De aquí en adelante la hipótesis de delito relanzada por la Commissione parlamentare d’inchiesta sulla strage di Via Fani sul sequestro Moro e l’assassinio di Aldo Moro e sul terrorismo in Italia  del 1979 (p. 119), se revela infundada hasta la absolución de los acusados: el “proyecto Metrópoli” [estaba] artuculado en tres niveles: el primero, legal, constituido por la actividad editorial, por la publicación de la revista; el segundo representado por las iniciativas de movimiento dirigidas a crear una base di masas para la subversión; el tercero consistente en la dirección política de las organizaciones guerrilleras ya existentes. El objetivo del grupo que capitaneaba «Metropoli» era, entonces, aquel de dirigir a los grupos armados existentes, incluyendo las Brigadas Rojas, involucrándolos en una estrategia unitaria, en lugar de crear otras nuevas”.

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