Los expedientes Epstein. O la irreformabilidad del hombre cisgénero heterosexual (y de Occidente)

Maddalena Fragnito (Doctora en Filosofía kwa, Coventry University, activista y artista feminista)

Lo que se desprende de los llamados «Epstein Files» —torturas, abusos, violaciones, desapariciones sospechosas y posibles asesinatos de jóvenes, tráfico de niños y niñas, impunidad y encubrimientos bipartidistas— no es una sucesión de crímenes excepcionales ni la enésima prueba de la degeneración de las élites. Es un punto de condensación más allá del cual resulta difícil seguir fingiendo que las formas de violencia sexista, racista y clasista son perversiones individuales o ajenas a las tecnologías del poder. Tampoco aquí el horror no es un exceso: es el lenguaje coherente de un dominio masculino que se ejerce sin límites, sobre los cuerpos, los territorios, el tiempo, la vida y la muerte.

La construcción de Occidente, por lo demás, entendida como estructura de dominación colonial más que como entidad geográfica, siempre se ha articulado a través del control de nuestros cuerpos y el gobierno de las pulsiones: decidir qué cuerpos están disponibles, son sacrificables, pasibles de violación, y cuáles, en cambio, dignos de protección, opacidad, inmunidad. Por lo tanto, lo importante con respecto a estos documentos no es tanto ceder al pánico moral, un dispositivo que la infraestructura de las relaciones de poder conoce bien y utiliza en su propio beneficio, sino interrogar lo que en este pánico permanece indecible. Lo no dicho, porque está demasiado cerca del corazón de las tinieblas del poder mismo: la violación como infraestructura del orden constituido; el abuso como técnica política de disciplinamiento.

Sin embargo, lo que me ha impactado no es solo el horror de los hechos relatados y la red de intereses internacionales que de ellos se desprende —como decíamos, la apropiación y la violación como tecnologías políticas son el fundamento tácito de la «civilización occidental»—, sino la ausencia de reacciones por parte de muchos compañeros. Hombres que se declaran anticapitalistas, anticolonialistas, críticos del autoritarismo contemporáneo, que permanecen indiferentes ante los aspectos estructurales de lo que llamamos «hegemonía blindada de coacción». Esta ausencia ha hecho aún más evidente una reacción común que muchas hemos sentido ante los documentos publicados: la náusea. Una sensación de repugnancia física y política que se ha convertido en la palabra recurrente en los intercambios entre compañeras cuando comentamos los archivos. Es un saber colectivo feminista que pasa por el cuerpo, una forma de reconocimiento compartido, inmediato y no mediado, que señala cómo el dominio masculino sigue ejerciéndose con impunidad.

Partiendo de esta respuesta corporal, de lo que el feminismo ha elaborado como saber encarnado, he interrogado las reacciones, o las no reacciones de los hombres a mi alrededor, que oscilan entre la minimización y el desplazamiento. Sentir náuseas ante los archivos de Epstein sería «un reflejo un poco MAGA» y la nuestra una reacción de tipo «caracterial». O bien no habría nada que decir: «¡ya sabemos lo perversas que son las élites!». Un encogimiento de hombros al estilo TINA (There Is No Alternative), trasladado del neoliberalismo a la cultura de la violación. Sin embargo, esta postura no es neutral. Y tiene una historia.

Desde hace décadas, el pensamiento feminista insiste en un punto que sigue siendo ignorado: la separación entre la racionalidad y el cuerpo es una construcción funcional al poder. La distancia, la neutralidad, la capacidad de no sentirse afectado por la náusea, han sido históricamente requisitos simbólicos de la subjetividad masculina occidental: el patriarcado capitalista supremacista funciona también a través de una distribución diferencial de la vulnerabilidad. No obstante, las emociones no son residuos irracionales, sino formas de orientación colectiva hacia el mundo, maneras en que el poder se hace sentir literalmente en la piel —y tras tres años de genocidio del pueblo palestino en directo, esto debería ser evidente.

Aunque los medios de comunicación dominantes rara vez lo mencionan, en los materiales disponibles hoy en día, más allá del horror de las violencias relatadas, surgen conexiones entre Jeffrey Epstein, su red de relaciones (entre las que destacan intelectuales, directores ejecutivos y políticos, además de su compañera Ghislaine Maxwell) y diversos aparatos de poder estatales y paraestatales, incluidos ámbitos relacionados con Israel y los servicios de inteligencia israelíes (entre ellos Leslie Wexner, Robert Maxwell, Alan Dershowitz, Ehud Barak y Lord Mandelson). En las reconstrucciones periodísticas y judiciales, Epstein aparece como un gestor de «trampas de miel», integrado en círculos capaces de influir en sectores de la política estadounidense y en nudos diplomáticos cruciales. Se trata de indicios, aún en parte por verificar, que sin embargo señalan el grado de opacidad e impunidad en las que estas redes han podido operar durante décadas.

Lo que importa aquí es que la violencia sexual organizada funciona como un mecanismo de chantaje de las élites, de gobierno y de control del mundo por parte de la clase dominante, traspasando fronteras nacionales, instituciones y alianzas internacionales: en resumen, el resultado de las relaciones de clase. Epstein no es una excepción, sino un nodo operativo dentro de un sistema en el que el abuso, el secretismo y el poder se refuerzan mutuamente. Y mientras se preparaban las partidas de Risiko de los poderosos, en la habitación de al lado se torturaba a niñas, descritas en los documentos con un lenguaje que reduce sus cuerpos a «vaginas estrechas» y obligadas al silencio bajo la amenaza de convertirse en «abono para los últimos nueve hoyos», del campo de golf, claro está.

Aunque redactados para proteger a los verdugos, lo que emerge de los documentos publicados en los archivos del Departamento de Justicia de Estados Unidos parece no bastar aún para hacer visible el nexo entre las redes internacionales de intereses occidentales y el dominio masculino (ciertamente no lo esperamos de los medios de comunicación dominantes, pero quizá ya sería hora de que lo hicieran nuestros compañeros). Es aquí, de hecho, donde se encuentra el punto de mayor fricción: lo que no pasa, lo que se expulsa del discurso por ser demasiado comprometedor. No por exceso de horror, sino por estar demasiado cerca del funcionamiento ordinario. La diferencia entre lo que se trata como asunto de Estado y lo que queda relegado a escándalo no es accidental: es parte integrante del funcionamiento una característica habitual del dominio masculino. De lo contrario, no resultaría tan difícil comprender cómo la explotación de poblaciones enteras está intrínsecamente ligada al dominio masculino, ni reconocer cómo el exterminio del mundo tiene su origen en la violencia contra cuerpos de los que el hombre cisgénero al mando sigue creyendo que puede disponer como si fueran una propiedad que puede vender, maltratar o matar.

Cuando los Epstein Files se tachan de «excesos», se pone en marcha precisamente este mecanismo: monstruos en lugar de personas comunes, élites depredadoras en lugar de una estructura de poder. En este sentido, no sentir repulsión ante estos documentos se convierte en una forma de complicidad silenciosa. No tanto hacia Epstein como individuo, sino hacia el entramado que lo hizo posible, lo protegió y lo normalizó durante décadas. Descartarlos como sensacionalismo, como pornografía del horror o como arma retórica reaccionaria significa negarse a ver las conexiones, porque son precisamente esas conexiones las que hacen visible, de forma concentrada, una lógica estructural del capitalismo: la acumulación a través de la apropiación sistemática, el uso, el abuso y la destrucción de cuerpos y territorios.

Los Epstein Files se inscriben en una larga historia en la que la producción y la reproducción social se han organizado a través de la explotación sistemática de subjetividades sexualizadas, racializadas, esclavizadas y expropiadas. La violencia que de ello se deriva es una pedagogía de la crueldad que produce jerarquías y graba en los cuerpos quién manda y quién debe servir o sucumbir.

El cuerpo femenino —categoría históricamente producida por el patriarcado y que incluye todas las subjetividades feminizadas— fue el primer territorio colonizado, el laboratorio en el que se experimentaron formas de dominio que luego se extendieron a escala global. El control de nuestros cuerpos es un dispositivo de organización material del trabajo, la reproducción y la propiedad. No viene después de la explotación económica: es su premisa. Durante la esclavitud, la violencia sexual sobre los cuerpos de las mujeres negras es la condición estructural de ese régimen económico. Nuestros cuerpos son a la vez mano de obra y medio de reproducción de la mano de obra. Género, raza y clase no son ejes separables en el patriarcado capitalista supremacista —un andamiaje cultural compuesto por normas, prácticas y expectativas que hacen posible la opresión y que, al mismo tiempo, se ven reforzadas por esta misma opresión—.

La capacidad de algunos hombres para permanecer indemnes y en silencio ante el horror es una posición social construida en la intersección entre género, raza y clase. Un tipo de silencio es el de quienes siguieron haciendo negocios con Epstein y recibiendo donaciones de él. Esto, a pesar de las condenas públicas que, aunque se acumularon desde 1996 en adelante, gracias a las denuncias de cientos de mujeres, empezando por las de Maria Farmer y Annie Farmer, permanecieron durante años confinadas en procedimientos legales y tecnicismos burocráticos, sobre los escritorios de aquellas instituciones que deberían haber rendido cuentas. Otro tipo de silencio es el de los compañeros: el privilegio de decidir no ver ni dejarse afectar por la violencia en la que se basa su propia posición como hombres, de fingir que esa violencia es la condición del mundo. There Is No Alternative, baby.

Y, sin embargo, las alternativas existen, y vuestro silencio, además de ser insostenible, no es tan diferente del primero. Los análisis sobre el neoliberalismo, el imperialismo y el extractivismo global no pueden detenerse, como ocurre con demasiada frecuencia, en el umbral del dominio masculino, precisamente cuando, a contraluz, se vislumbra que este es la infraestructura del mismo sistema que se critica a diario. Así, la cultura de la violación se relega al ámbito de la «moral», de lo «privado», de lo «monstruoso», precisamente en el punto en el que debería reconocerse como fundamento. Separar la lucha contra el capitalismo de la lucha contra el patriarcado Es una decisión política que permite, sin duda #NotAllMen, mantener una zona de confort: la de no cuestionar la propia relación con la posesión del cuerpo de las demás como recurso material y simbólico.

Cuestionar la masculinidad occidental y su resistencia a la transformación significa preguntarse, una vez más, si es posible convivir con los hombres. Se trata de un diagnóstico político basado en décadas de análisis feminista materialista y descolonial, que sigue enfrentándose a una forma histórica de subjetividad cristalizada a lo largo de siglos de violencia patriarcal, esclavista y capitalista. Una forma que ha hecho del no ser tocado, del no sentir y del no responder la condición misma de su propia existencia como sujeto político.

Sin embargo, precisamente porque esta forma es histórica, podría y debería cambiar. Pero la teoría no basta. La transformación no ocurre espontáneamente, ni por buena voluntad individual. Debe pasar por un conflicto radical y colectivo con las formas de ser que el patriarcado capitalista supremacista ha producido. Mientras la crítica al capitalismo no sea también una crítica radical de la masculinidad y de la hermandad entre hombres que la reproduce a través de redes de protección recíproca y complicidad silenciosa, cualquier proyecto de recomposición de la lucha seguirá estando incompleto. Es decir: si vuestro antagonismo llega hasta ahí, no está cuestionando el sistema, está aprendiendo a vivir con él sin ensuciarse las manos.

La náusea que sentimos es una ruptura necesaria con la idea de que la transformación puede producirse sin conflicto. Es el punto más allá del cual la mediación ya no es posible, en el que se hace necesario elegir de qué lado estar. No se trata de declaraciones de principios, sino de la disposición a sentir el horror en lugar de alejarlo, a reconocer la complicidad en lugar de externalizarla en los «monstruos». Significa comprender que ya no podemos sentir náuseas por nuestra cuenta, ni seguir cuidando, de forma gratuita, para reparar cuerpos y territorios maltratados por la violencia depredadora del dominio masculino y por la continua exposición a ella. Significa también aceptar que ya no estamos dispuestas a que se minimicen los efectos de esta violencia sobre nuestras vidas y sobre las de todas ustedes, porque el dominio masculino es la condición misma de nuestra explotación.

La inmunidad a la náusea nunca desmantelará la casa del amo. Es la herramienta del amo, en su forma más íntima.

Traducción: Ariel Pennisi

Publicado originalmente en italiano por Euronomade

Fuente imagen: Euronomade

Artículo anterior Artículo siguiente