Notas entre la organización de la marcha anfifascista, antirracista… y la convocatoria contra la reforma laboral
Alejandra Rodríguez (docente, investigadora, activista cuir/transfeminista y abolicionista penal. Integrante del colectivo @yonofuiorg, de CRI y de la Columna Mostri)
Marta Dillon (periodista, editora del suplemento feminista Las 12, creadora y editora del suplemento LGTBQ Soy, ambos en Página 12. Cofundadora del colectivo Ni Una Menos)
1. Dado que en el contexto de la organización de la próxima marcha antifascista, antirracista… apareció la avanzada del gobierno con la reforma laboral, ¿qué lugar tuvo el tema en la asamblea?
El valor que tuvo la primera Marcha Antifascista Antirracista Lgbtiq+ fue que aun convocada desde el espacio de las disidencias sexuales no institucionalizadas y en respuesta a agresiones del presidente en su segundo discurso en Davos, conectó con el malestar social transversal a muchos sectores, sobre todo sectores en lucha. Los dichos de Davos, además, venían anticipados por la defensa del saludo nazi de Elon Musk y la amenaza de Milei de “zurdos van a correr, los iremos a buscar hasta el último rincón del planeta”. En ese sentido es que pensamos la segunda MAA LGBTIQ+ en consonancia con lo que nos atraviesa a todos, todas y todes en tanto trabajadorxs, jubilades, estudiantes. Caracterizamos la reforma laboral propuesta como parte de la avanzada neofascista y colonial ya que no parece tener más sentido que el de rendirle pleitesía a las demandas del gobierno de Donald Trump y a los capitales cada vez más concentrados.
¿Por qué neofascista -o directamente fascista? porque se impone como alternativa única y por tanto, obligada, en nombre de quienes no tienen derechos como trabajadores informales se pretende quitar derechos a todes. Porque esa es una forma de alentar el resentimiento social, emoción privilegiada para el ascenso del fascismo y la capilarización del fascismo social. Porque impone una captura del tiempo vital a favor de los patrones que cada vez son menos, más invisibles, más concentrados en nombre de la supuesta libertad para trabajar a destajo. Esta inversión del sentido de la relación laboral -y de tantos de los sentidos democráticos que se construyeron como consensos en el siglo XX como, por ejemplo, la justicia social- es una estrategia característica de los fascismos de esta era. Ofrecen la libertad de obedecer/ asimilarse al deseo del patrón como si así pudiera compartir su poder y separarse del padecimiento de sus pares. En esa explotación voluntaria se tejen las ideas de sacrificio, de orden nuevo con nostalgia de pasado brillante -y ficticio-, de la fuerza superior que tendrían algunos individuos, los que van a prosperar, los argentinos de bien. El resto, al descarte.
La propia política de descarte es característica del fascismo de esta era que deja morir a quienes “no pueden”: personas enfermas, con discapacidad, con trabajos de cuidado a cargo, expulsadas del mundo laboral -como las personas trans y tantas que no encajan en las demandas de “buena presencia” y “normalidad”-. A estos grupos -a los que sumamos personas migrantes, personas dependientes de la ayuda social, racializadas- se los convierte en amenaza de los derechos de “los argentinos de bien” toda vez que la corrección de injusticias históricas -cupo laboral trans, por ejemplo- es leída como privilegio.
“Parece claro que las pasiones o tendencias políticas fascistas son las que pretenden despojar a las personas de los derechos básicos que necesitan para vivir, y para hacerlo sin tener en cuenta su probable desaparición, o porque el fascismo es una forma eficaz de aniquilar esas vidas, o de establecer que son prescindibles. Por el contrario, el autoritarismo suele entenderse como una forma de poder estatal, pero surge de dentro de regímenes democráticos, elegidos precisamente porque avivan las pasiones fascistas, intensificando el miedo a la destrucción por parte de los movimientos sociales y convirtiéndolo en una coartada moral para destruir la vida de otras personas. El autoritarismo que pretende avivar las pasiones fascistas sabe demasiado bien que el miedo a la destrucción ya vive en quienes han visto la destrucción del clima, los sindicatos y las perspectivas de seguridad financiera”, escribe Judith Butler sobre los vínculos productivos entre fascismo (de esta era, postfascismo, neofascismo, las lecturas son muchas) y autoritarismo, algo que se puede leer fácilmente en los modos y estrategias del gobierno de Milei y otros. Desde nuestros espacios entendemos en carne propia que cuando el miedo está intensificado y organizado es fácil situarlo en el exterior, en personas o lenguas extranjeras -nos tildan de woke, cuando es una palabra que acá solo usó la ultraderecha-, en poderes de élite, en convertir las perspectivas feministas y transfeministas en ideología y amenaza.
Nuestro uso de la palabra antifascismo es un uso político que se verificó en la calle en febrero del año pasado, que podría volver a permitir alianzas inesperadas, transversales, necesarias, más que eso, indispensables para nuestra lucha que no es identitaria sino que busca coordinarse con todos los movimientos que existen con pluralidad de sujetos -anti racistas, ambientalistas, trabajadorxs, migrantes, de derechos humanos, jóvenes y más- para convocar más allá de esos (nuestros) movimientos con la idea estratégica de salir del estancamiento de quienes ya estamos organizades, volver a abrir la imaginación a otros mundos posibles, menos monocordes y ortodoxos en su lenguaje y modos de hacer política. En ese sentido pensamos la marcha antifascista antirracista
En el encuentro en la CTA A ustedes plantearon como eje la disputa por el uso del tiempo y las condiciones materiales de las relaciones laborales y productivas más allá de la cuestión legislativa. ¿Podrían aportarnos algunas líneas sobre eso? En estas condiciones y teniendo en cuenta que el proyecto de reforma laboral aparece como uno entre otros flancos de ataque del gobierno (aunque pretende ser bastante ejemplificador y englobante) ¿Qué tipo de respuesta imaginan?
En principio entendemos que es fundamental salir de la dicotomía de trabajo formal e informal, trabajadorxs somos todes y a todes se nos va la vida trabajando. Cuando hablamos de vacaciones pagas, muchas veces la respuesta es “nunca las tuve” ¿pero podemos desnaturalizar que el tiempo es del trabajo y que el descanso es pérdida? ¿Cuánta vida dejamos en el trabajo en lugar de que el trabajo nos garantice vivir y proyectar? Pensamos también que ese tiempo oro, tan valioso como el agua, podría conectar con todos los sectores, formales e informales, al menos en términos de invitar a la conversación. ¿Cuál es la forma de vida que propone esta reforma laboral? ¿Dónde quedan los afectos si no hay tiempo para compartir? ¿cuándo dormís? ¿cuándo soñas? ¿Qué futuro ofrece esta reforma y todas las que se hacen en nombre de la modernización? El futuro es tiempo, el amor es tiempo, la amistad es tiempo, el deporte también, etc., etc.
También creemos que es necesaria una narrativa en términos materiales del tiempo, incluso del dinero ¿cuánto cuesta ganar qué? ¿más horas de trabajo implican bienestar? ¿Quién gana lo que trabajás?
Imaginamos campañas de muchísimas personas saliendo a las esquinas a hacer estas preguntas, a ofrecer cálculos matemáticos -que no sabemos cómo se harían pero seguro son posibles- de lo que significa el tiempo de trabajo y cómo se expropia, desnaturalizar la idea de sacrificio, recuperar el valor de la solidaridad y los aportes colectivos, etc.
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