P. S. sobre la muerte de Cafrune

Nicolás F. Muriano (Por Nicolás F. Muriano (Doctor en Filosofía de la UBA, Profesor de grado en la UBA y la FUC, y de posgrado en la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas)

Durante la madrugada del 31 de enero de 1978 atropellaron a Jorge Cafrune en un episodio confuso. Después de interpretar en Cosquín su repertorio con canciones prohibidas, inició una cabalgata de 750 kilómetros hasta Yapeyú, en conmemoración del bicentenario del nacimiento del General San Martín en abierto desafío al régimen. Fue atropellado en la ruta 27. Atentado o accidente, algo más que Cafrune murió con él. Cierto tono – condición de enunciación- de la nacionalidad interpretada como expresión popular de la revuelta.

Durante la madrugada del 31 de enero de 1978, en la localidad bonaerense de Benavídez, atropellaron al insigne cantor argentino Jorge Cafrune, en un episodio confuso y sospechosamente oportuno. Corrían los años de plomo. Cuando muchos exponentes de la música popular tomaban el camino del exilio, el Turco volvió de Europa apurado por la enfermedad de su padre. Y no se quedó callado, intensificó su protesta con abiertos desafíos. Algunos días antes, en el Festival de Cosquín, había roto sus lanzas ante una multitud que lo aclamaba después de algunos años ausente: “aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide la voy a cantar”, dijo y entonó con su grave trémolo la famosa Zamba de mi esperanza. En el palco oficial estaba el General Menéndez. El comité del Festival había sido intervenido, por eso no lo invitaban. Pero ahora era un figura internacional. En la sala de sonido, un militar le marcaba la espalda al técnico, junto a la consola había una lista con las canciones prohibidas. Algunos cuentan que la función se interrumpió, otros que lo dejaron terminar. Teresa Celia Meschiati, sobreviviente del centro clandestino de detención “La Perla”, declaró ante la CONADEP en 1984 que los militares la llevaron al festival junto con un grupo de mujeres secuestradas para infiltrarse en el público, donde escuchó al Capitán Carlos Enrique Villanueva decir “a este hay que matarlo porque no podemos dejar que esto se expanda, que empiecen a cantar canciones prohibidas” (legajo: 4279). En la Radio Nacional de Córdoba se conservan un LP con los nombres de las canciones tachados en la tapa y, por si no era suficiente, también habían rayado el vinilo en las partes correspondientes. Aunque el turco cantaba cosas duras, los comentaristas destacan que entre los temas prohibidos figurara el insospechado hit: Zamba de mi esperanza. “¿Sabés cuál era la palabra prohibida…?”, decía el Turco con ironía: “la palabra esperanza”. Había que volver imposible cualquier proyección. Incluso evasiva: “el sueño es el último derecho que nos pueden prohibir”, había escrito Glauber Rocha en 1971. Aunque también es posible que la prohibición fuera gratuita, de acuerdo con ese tipo de capricho medio sádico que consiste en castigar por las cosas que no representan una amenaza, hacer que los justos paguen por los injustos enfrente de todos, como en las clásicas razias de la policía, para consumar anímicamente el estado de excepción que suspende no sólo el derecho, también la lógica que lo funda, la capacidad de discernir de los sujetos. La matriz psicopática de la “doble pinza”. Por ejemplo, cuando el gobierno “libertario” decide dar de baja supuestas pensiones otorgadas indebidamente por medio de un “protocolo caótico” que quita pensiones a mansalva.

Concluido el Festival, Cafrune había proyectado una cabalgata de 750 kilómetros desde la Plaza de Mayo de Buenos Aires hasta Yapeyú, con el fin de participar el 25 de febrero en una conmemoración ecuestre que prometía ser multitudinaria por el bicentenario del nacimiento del General San Martín, lo que equivalía (por trasposición ritual) con la reapertura in situ del día de nacimiento legendario de la Patria. En el marco de la ceremonia, el Turco iba a depositar o desparramar una urna con tierra de Boulogne Sur Mer, Francia, donde el padre de la patria murió exiliado en 1850. ¿Qué mezcla era esa? Si la herencia indudablemente castrense de San Martín legaba a los militares su derecho histórico sobre el destino de la patria, Cafrune reclamaba una parte del mito por medio de una suerte de enroque físico-político de la muerte con el nacimiento, el retorno con el exilio, el centro político con el centro legendario, como si por medio de estos plegamientos fuertemente ritualizados, pautados (25 postas de 35 km por día, en cada posta una presentación), se produjera un descentramiento de la identidad y un desvío del destino: “cada cual tiene su modo / la rebelión es mi ciencia”. Ciencia histórica. San Martín también era un revolucionario que murió en el exilio. No hay una sola patria. Hay muchas patrias superpuestas, posibles pero incomposibles. Tejidas por recorridos distintos.

No era la primera vez que Cafrune hacía patria en el sentido literal de recorrerla, de re-ligarla, disponiendo sus trayectorias en la dirección de otras patrias dentro de la patria. En 1967 recorrió a caballo las capitales Argentinas desde La Quiaca hasta el sur de la Patagonia que hoy nos prenden fuego, en homenaje al caudillo federal Chacho Peñaloza. La patria federal como un desvío interno de la república unitaria: “De a caballo por mi Patria”, se llamaba la gira. Pero “gira” no es una palabra adecuada si durante la trayectoria desplazamos el centro de referencia. No es el mismo paisaje el que se recorre a caballo que en el tren que diseña el país extractivista o los trayectos asfaltados que anudan las metrópolis. Son poblamientos distintos. La patria es el umbral de todas las trayectorias, no es (solamente) el territorio provincializado y compartimentado desde el tratado de Tordesillas hasta el folklore abrazado al terruño. Por eso hay un folklore sedentario y otro profundamente nómada: “no soy de aquí / no soy de allá” … “los campos con ser ajenos los cruzo de un galopito”. Las demarcaciones no indican límites, indican surcos, cambios de velocidad y afectos (“saltar paredes y abrir las ventanas”). La trayectoria desprovincializa el cancionero en un tejido de caminos de tierra que urde la trama del sufrimiento parecido de los trabajadores rurales con los arpegios pellizcados de la milonga campera que despierta la memoria (es decir, el tono) de los que se rebelan o cuanto menos disponen de esa potencia que da lugar a una tradición de resistencia que no celebra el paisaje como naturaleza primaria ni asume el trabajo como destino último: “a veces me entra tristeza y otras veces rebelión”. Son las dos patrias que habitamos. La tristeza que nos toma, la rebelión que nos saca, como la noche y el rayo que la parte al medio. La canción es el rayo. Hace sentir el fulgor de la revuelta en el colmo de la oscuridad: “tal vez alguno se acuerde que aquí cantó un argentino”. Cuando la guitarra contrapuntada crispa la voz del cantor, el canto queda liberado del corcet romanizado de la canción que le gusta también a la esposa del comisario (“si uno canta coplas de amor / de potros / de domador del cielo y las estrellas / dicen qué cosa más bella / si canta que es un primor”). Aunque el fulgor es instantáneo, pone en escena la historia. Real y mítica. San Martín y Martín Fierro, pero no como un tema de la canción, sino como el punto de vista del canto: “Pero si uno como Fierro se larga por ahí opinando / el pobre se va acercando con las orejas atentas / y el rico bicha la puerta y se aleja reculando”. La canción traza –en el acto- la frontera política de los pueblos que saltan por arriba del alambrado.

Partió de Plaza de Mayo desde un punto esquinado cerca de la Catedral, donde descansan los restos del Libertador y se mantiene encendida la llama perenne, con la bendición del cardenal, el afecto de la gente, los objetivos fotográficos y la compañía de su compadre Chiquito Gutiérrez. Dejaron la ciudad apelotonados con una veintena de representantes de distintas asociaciones tradicionalistas. Cuando caía la noche tomaron la ruta 27, desde ahí siguieron solos. A la altura de Benavidez fueron impactados por una camioneta Dodge D-100 que circulaba sin luces. El conductor, Héctor Emilio Díaz, un joven de 19 o 20 años que iba borracho se dio a la fuga. El auto era de su padre (conocemos también esas trayectorias). Los dos heridos fueron trasladados al hospital de Tigre, desde donde derivaron a Cafrune a un centro médico de Vicente López especializado en cirugía de tórax. Murió en el camino. Tenía 40 años. Lo despidió una multitud en la Federación de Box. El joven se entregó al día siguiente acompañado por su padre que (prohibido no sospechar) había trabajado en el Ministerio de Bienestar Social de López Rega.

El tristemente célebre “Brujo” que jugó a ser Rasputín durante la agonía del peronismo de Perón y activó las fuerzas paramilitares que anticiparon el modus operandi de la dictadura militar, también fue pionero en el ejercicio de la policía musical y estética como organon de gobernalidad. En 1973 había dicho que “Cafrune es más peligroso con una guitarra que un ejército con armas”. El infame López Rega creía en la magia negra y en las energías místicas que atraviesan el cuerpo de la sociedad, apelaba al tarot y a los astros para manipular el gobierno, fue una especie de policía místico que dimanó el terror desde los aparatos de estado. Podemos suponer que disponía del mapa afectivo de la Argentina. No hay porqué tomar a menos su diagnóstico. La amenaza militar le parecía comparable con la potencia de un hombre con una guitarra, vestido casi exageradamente de gaucho, gigante, como los héroes de los recuerdos infantiles, investido con el poder de evocación del mito en estado de revuelta y contestación, atizando el goce primario de la desobediencia querida. Más querida que ejercida pero querida tanto… Una contestación tardía de aquella advertencia del Brujo ocurrió en 2007, en un concierto de homenaje a las madres de plaza de Mayo, cuando el negro Horacio Fontova declaró: “el que no conoce zamba de mi esperanza es un marine”. No sólo un extranjero, un hostil por definición. Como los que no aman a Maradona. Un ejército grande que ya se ha consumido varias patagonias.

Héctor Díaz fue exonerado. A falta de pruebas concluyentes, la familia del cantor se habría inclinado por la hipótesis del accidente. Larralde piensa igual, recuerda haberle advertido a su mentor. En contraste, hay dos testimonios de sobrevivientes de “La Perla” que vinculan el hecho con el Capitán Villanueva. La sentencia de muerte no contradice la hipótesis del accidente. A los servicios cordobeses les convenía boquear, “que parezca un accidente” (Mercedes Sosa se exilió al año siguiente). La dimensión política de un hecho no se agota en la interpretación jurídica. Por eso Jimena Néspolo (Tinta limón, 2018) desvía la pregunta detectivesca que da título a su ensayo ¿Quién mató a Cafune? con un subtítulo que la eleva a la potencia: Crónica de la muerte de la canción militante. Incluso si se trató de un accidente, piensa que “fue una muerte política”. Acto seguido define su campo de estudio: “eso supone pensar el ‘mito’ o la ‘leyenda’, o ese magma de significaciones que rodearon a su muerte y que con fervor fueron creídas por sus seguidores, sobre un sustrato cierto de verdad.” Algo más que Cafrune murió con él (nos pasó con Maradona y todavía no sabemos hasta dónde llegan los efectos). Cierto tono -condición de enunciación- de nuestra nacionalidad interpretada como expresión popular de la revuelta, disposición anímica primaria que nos orienta (¿retrospectivamente?) en un modo de poblar nuestro territorio, entendido como un desvío dentro del territorio: “los campos con ser ajenos los cruzo de un galopito”. La patria es del otro. No hay que olvidarlo. ¿Qué zamba es esa cuya esperanza se baila sentado?-

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