Paso en falso (la pesadilla azul)

 Adelanto del libro Paso en falso (la pesadilla azul) de Adrián Cangi, editado por Coyunturas en 2026, acompañado por ilustraciones de Sergio Langer.

 Adrián Cangi*

 I. 

Pregunta la voz: “¿qué viste en lo anterior?”. Responde la lengua: “¡aquí de los antaños que he vivido!” (emoción complicada: evasiva… casi evanescente). Doy el paso… trastabillo… trastabillo otra vez… un paso en falso… otro sucede firme… pero no… otro en falso… retorno cada vez…  así escupe la añoranza sus restos… como en tironeos cada paso vacilo (hace tiempo que vacilo allí). Algo se añora en los tirones de infancia… en los titubeos para acercarse… en las nostalgias de lo que fue (la lengua enseña: “más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena”). Ustedes dirán bien: en los decires orales la lengua no está seca de toda sequedad… aún perturba vibrante (suspiros, sonrisas, sollozos, suspensos)… ningún rendimiento emotivo vale para decir (el alma bella es un culo ¿no es cierto? ¡cuestiones del culo, entonces!)… solo lo hablado puede ser transcripto (¿la emoción del lenguaje hablado en lo escrito?). En las vidas de idiotas como en las de santos se dice que hay destellos de belleza. Ese regocijo de los fulgores es una pesada piedra colosal: funde en alguna de sus variantes los cuentos en luz blanca (aún me queda poesía para los restos y paréntesis para los amantes de la pureza). No se sale fácil del fue… si no es por algún amor no se sale… por alguno que ya no tenga nostalgias nonas. Cuando la vida se va por sus rotos no hay agujero para la queja (solo resta el ritmo de un fraseo respiratorio). Para qué proferir rumiando la tristeza, agónico y fastidiado como los melancólicos incandescentes… casi ni vuelven los recuerdos solo retorna lo afilado. La vejez centenaria de mi madre me reveló el cofre de la desnudez… se marchó lejos sin memoria hacia alguna tierra natal (por ahí se va la vida y su también…). Frente a mí quedó el despeñadero secreto de su cuerpo… se escabulle entre tironeos y pasos… en disimulos se esfuma en caprichosos ángulos (todo a grito pelado: mientras la infancia me comía). Su piel se cubrió de crisantemos fosforescentes con puntitos negros que se abrían en silencio… a veces… en la adherencia nuestra… conviene mejor estar situado para lo hediondo. Confieso: como ido de mí viví descaradamente absorto… inmerso en la añoranza en perpetua diligencia: como en un paso en falso dicen los que vieron (y la lengua cantó: “las horas que limando están los días, / que royendo están los años”). Todos los interrogantes sobre el reconocimiento viviente encontraron lugar en el olor de su casa… el amor de aquella atmósfera no se distingue del duelo: la visión serena de lo vivido se avecina al abismo (aquí se escucha el gemido). Para el hijo que soy la primavera quedó atada al reino del sueño (donde se revuelca el animal herido). Esfera disforme de un rojo brillante con vagos resplandores verdosos… latidos leves del cuerpo macilento de madre… pletórico de marfil blancuzco… como un sello marcaron lo anterior (nuestros pies son apenas de elegía). De apoco me vuelven torpes remembranzas: el olor de las gasas me recuerda el engreído teatro escolar (me pintaban con corcho y lo frotaban con gasa). Fruncía el ceño blanquísimo de negro pardo aguatero (mamá: ¿los negros dónde están?). Mi madre solo decía como dice Perlongher que dice la mujer del Paraguay (“Hay Cadáveres…”). Quién puede olvidar aquella voz… aquella que dice: “mi madre no tuvo jardín…  tuvo canto y pañuelo… para alzar su cabeza desoída…” (vestidos de azul de una violación venimos: El Matadero lo sabía). Solo se va yendo en esta tierra a pelo: “a dios rogando y con el mazo dando”… de culo y choclo venimos… a choclo y culo venimos yendo (todas las violencias en una solita).

¡Vamos salgamos un ratito! ¡Vamos! Las calles están repletas de madres, soldados, marineros, prostitutas, cafishos… todos juntitos festejando… ¡Vamos al jolgorio! Deberías salir de veras de esta casa de locos (afuera todos te hablan sin afasia). Argentina ganó el mundial (la trapisonda llega: la trapisonda que lo oculta todito). Y zas, con una papaya en la mano, me pillaron… entre un fragante olor a perfume barato me puse a canturrear… cantaba: sí cantaba una melodía automática (una musiquilla coral contagio). De barro antiguo, de polen y limo, hablo de tu olor y mi pasado… tu corazón me late como tu sangre me deshace (así canta la canción al ritmo de un himno popular). Madre de madres, así las invoca… en nuestra tierra, madre no hay una sola (no eran solo antígonas de los lazos consanguíneos que entierran a sus muertos). Eran madres que entierran muertos… cuidan enfermos… participan de susurros políticos… (toman partido de angustia a angustia… a veces se equivocan: aunque en nombre de un antes). Cada vez que el mar arrastra muertos sin edad: ellas como un útero dulce acogen… acogen cada vez nuestra sangre y nuestras luchas (con el pañuelo verde, antes blanco y, antes del antes, rojo). Acompañan siempre acompañan: abandonados… abatidos de dolor… aquellos sí: los que perdieron la insistencia para continuar (de amor entonces: hay que hablar). Cuando todo parecía ya extraviado inventaron una ronda que cambió la historia (salimos de la era del hielo: también del peor reino de la tristeza). Lo sabemos todos… ellos y nosotros: quedan anudadas cicatrices… salvajes marcas… por más que intenten borrarse… emergen de un maravilloso block de pieles (el asombro devuelve los recuerdos).

Un policía se detuvo a pocos pasos de distancia (¿falsos pasos?). Y eso aquí es yeta… te obligan a volver a tus asuntos o a desaparecer rapidito… como si te dijeran con esos cabellos rapados de colimba: “¡podrá usted prontito dejar los rulos y los ruleros!” (obvio: aunque no me crean te lo dicen con método y cortesía). Y allí están los azules: “a dios rogando y con el mazo dando” …después meta palo y gases para educarte bien. Ahí, solo ahí: irrumpe un resto en estos lares (te lo dicen a los gritos por si no escuchás bien: “hacemos lo que no hace ni la familia ni la escuela”). Como en una pesadilla te cagan bien a palos y todos a festejar (es el mundial que a todos juntitos los reúne). Modo de vida malogrado nacido de un azul mal obrado (corrijo: nacido del terror y nunca del deseo). Y allí están los azules decía: “a dios rogando y con el mazo dando” (cuánta razón de la lengua: “la guerra es de por vida en los hombres, porque es guerra la vida…). Como una lucecita en el fondo de un velorio están… las madres están y están: cuerpo a cuerpo están… alzando la voz mientras giran (se han acurrucado en nuestra sangre). Volveremos a girar… circularemos sin borrar aquella huella (en lo precedente conjetura un hace poco: que acoge desencantos y agonías por azules mal obrados). Lo primigenio irrumpió …irrumpió como una cicatriz que hace al pellejo… y el cielo enterito cayó (solo resta el mordisco de alguna frasecita como fuego inexorable).

Mis abuelos estaban muertos: con un canto entramaron el fondo de mi vida (canto que tuve la dicha de escuchar). Los vi envejecer como mi padre el viejo envejeció… más allá no hay infancia ninguna en mi memoria. Mi madre era la dicha de la oralidad silenciosa… una voz que parecía emerger de la garganta… voz de garganta a garganta o de angustia a angustia. Solía decir ante mis requerimientos sobre su añoranza: “hijo, no sé cómo decirlo, se me hace un nudo en el garguero”. Buena parte de mi vida amasé esa frasecita suya, le di vueltas como un guante. Mordisqueé su decir para agarrarlo, hasta comerme los dientes poco apoco. Esa mujer: mi madre como tantas otras estaba forjada a leche de herria (afinada por un linaje guerrero). Una amazona vasca (sabía no creerse más viviente de lo que se pudre o transforma en polvo). Y así el exilio, la miseria campesina y la obrera fabril lejos de su tierra dibujan una mucosa pálida pegada a una pared incomprensible… su piel se precipita sobre los estallidos… se ondula mientras borda con ellos. Cercano a su recuerdo suena un maullido: siento su garganta contra mi oído… aún recuerdo más la voz que se atraganta… que no se confiesa… que no alcanza la forma del sentido. Aquella oralidad silenciosa… encerrada tras los dientes (como enroscada en las cuerdas: como atornillada a las entrañas). Su ritmo era como una pura sensación del tacto… aquel grito ahogado un día se fue con la afasia… 

una angustia remota del antes clavada
en el interior del interior
resuena como lamento de antaño
una oralidad silenciosa
enroscada al fondo de las tripas
brota con un timbre de grito ahorcado

(…)


IV

Para el niño que fui llega como un relámpago el gato sin nombre de una noche de grescas… un ojo rojo sangre y el otro colgando. Hambriento se deja curar la cavidad por mi madre mientras toma leche tibia. El Espadol Dettol de color ámbar marrón con olor a pino culmina como un líquido blancuzco, opalescente y nacarado, disuelto en agua tibia que se aplica en compresas. Mi madre las aplica: yo contemplo. El cordón umbilical sanguinolento del nervio, mantiene tenso el ojo a la distancia de una cabeza del cuerpo. El gato sin nombre produce un alarido intenso, inminente, berreante… veo el movimiento rapaz de sus uñas. Mi madre dice ante mi incomprensión plena: “así es el sexo de los que no fueron castrados” (¿lucha anterior del predador ante el apareamiento? pregunta del ahora, nomás). En el vértigo de la frase, el relámpago se reduce a atracción y confrontación… a rapidez y agresión… fascinación animal de aquel vahído: siempre abandonando… siempre partiendo. Se lo llevó la noche otra vez, aunque en un impulso sin retorno. Mi madre dice ante mi desconsuelo: “los que saben que van a morir no retornan”. Y en ese fraseo se pierde mi memoria.

Ante la luz de otra parte releía los efectos de una catástrofe… iba en la búsqueda de algún fraseo nuestro en La casa de los conejos, El azul de las abejas y La danza de la araña de Laura Alcoba (confieso no haber encontrado la música, aunque hallé bien clavado el mal de la clandestinidad en nuestra historia). Contra la noche de la desaparición dejé marcado en esos libros cosas de no olvidar: “yo he comprendido hasta qué punto callar es importante”… “las formas de las cosas se me resisten”… “toda aquella locura argentina es cosa para no olvidar”. Decía que iba a la búsqueda de algo vivo: como un antes sobre las ruinas, aunque estuviera lleno de claroscuros. Al hacerlo me hundía en una edad de la memoria vivida: la del propio despertar al aullido… no puedo olvidar aquella palabra que se confunde con la de muchos otros… la voz de una niña de siete años recuerda mi recuerdo del antes: como un escalofrío recuerdo el ojo a la distancia de una cabeza del cuerpo. La niña recuerda claro: “mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que, a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento al menos”.

Y transcurre el exilio de tierra y lengua donde restan algunos hay. Subrayo en El azul de las abejas: “todo parecía absurdo, de repente. ¿Dérisoire? (irrisorio). Ésa fue la palabra que me surgió de pronto, aunque no estaba segura de saber qué significaba. Y por un instante, al menos el mundo quedó atrás, la escena se congeló” (confieso: que aquella palabra dérisoire venía a mí de Nicolás Rosa… venía digo, pegada a una pregunta suya: Où va l’Argentine? No es el uruguayo Copi quien habla: pero podría serlo). Nada que decir de un exilio incomprensible para una vida …salvo la resonancia lejana de otra palabra: “así es el exilio, no hay por qué decir más. Basta y sobra quedarse un momento en silencio”… “hay una sensación física peculiar que ocurre detrás o debajo de la nariz” (como un olfatear el sentir). Y recuerdo el retrato de Gombrowicz sobre Santucho sentado frente a él: “cara terca y olivácea, apasionada, con una tensión hacia atrás, enraizada en el pasado”. El polaco con asma crónica, escucha en Santiago del Estero con sospecha, aquella disposición corporal (¿percibía, el polaco malo de tan lúcido que era, en la terquedad de un rostro todo lo que vendría?). “Más vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón” (la lengua no se equivoca en la mancha como El Quijote tampoco en la pena). Y vuelvo a sentir el relato de Alcoba: “nunca has escuchado una música así; nos hacía creer que la muerte no era más que una puerta” (refiriéndose a June tocando en el relato). Con cierta vehemencia y desaire: al fin no resisto más dice el polaco. “Pedí permiso a Santucho (que abundaba sobre el imperialismo europeo) y fui a pedir un vaso de agua…”. Mientras tanto, suspendido del abismo, recuerdo las voces de espanto. Alcoba llega al final de La danza de la araña: “grito por todas las veces que me he visto en sueños, corriendo sin avanzar, incapaz de emitir un sonido, hundiéndome más profundamente en la arena a medida que mis pies se agitaban. Grito, no paro de gritar, nunca había gritado así, ignoraba hasta qué punto podía ser un alivio”.

Aquella trilogía había comenzado en La Plata: la niña de siete años vive con su madre que debe evitar la calle. Tiene pedido de captura y su foto aparece en los diarios… hace poco se mudaron de vivienda… para la niña será un cambio de los primordios: descubre secretos, encierros y miedos… son tiempos funestos. En el nuevo hogar de La Plata crían y venden conejos… ésa es la fachada pública mientras nos desfonda el recuerdo en una casa clandestina de Montoneros… una de las más sensibles entre nervios y ansiedades… se suavizan limpiando pistolas y fusiles… acomodan granadas y molotov. Los compañeros mueren o desaparecen en las calles: la atmósfera se degrada… La infancia de la niña declina como desciende mi recuerdo a las noticias de Martelli (Santucho cayó en Villa Martelli: tras un enfrentamiento armado con un grupo de tareas… Santucho cayó en julio de 1976). Se siente el terror de entonces del marrano padre mío con frases cargadas de ira (¡ni salgas! ¡ni contestes!). Macerados de odio se matan argentinos entre sí: se matan por bombardeos sangrientos, fusilamientos inexplicables y exilios forzosos (cuánta razón de la lengua: “la guerra es de por vida en los hombres, porque es guerra la vida…). Al niño que fui como a la niña de siete años nos apremia cuál es esa lógica única que no descubrimos (nada cierra la herida de una infancia violada). ¡Como aprieta el zapato en aquel tiempo vivido! (solo reverbera en el oído bien adentro: “a dios rogando y con el mazo dando”). La inocencia se evapora sin habla: la internacional argentina se hunde con violencia en su himno… del otro lado del mar: la niña siempre anhela una patria imposible…

 
hilván de calamidades de una patria en odisea
en abrupto despertar de niño
atmósferas que apenas comprendes
se juegan su vilo en precoz pericia
una y otro en fuga de vidas
cual cabos sueltos avanzan cercos de muerte


***

Adrián Cangi: Escritor, filósofo, poeta, editor, curador y realizador audiovisual.

Posdoctor en Filosofía y Letras, Universidad de San Pablo (FAPESP-USP, 2002); Doctor en Filosofía y Letras, Universidad de San Pablo (USP, 2001). Director de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas de la Universidad Nacional de Avellaneda (MECL-UNDAV). Director del Centro de Investigaciones en Estéticas y Políticas Contemporáneas Latinoamericanas de la Universidad Nacional de Avellaneda (CIEP-UNDAV). Forma parte del Comité Académico y Profesor del Doctorado en Artes y Tecnoestéticas de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Profesor del Doctorado en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires (UBA), de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV). Autor: Ensayo: Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (Ensayo filosófico, 2011, 2014); Gilles Deleuze. Anomalías. Interferencias. Querellas (Ensayo filosófico, 2022, 2025); Negacionismo. Naufragio de la memoria (Ensayo político, 2023); Gilles Deleuze político. Ni vivir ni pensar como puercos (Ensayo filosófico-político, 2025); El arte de matar. Manifiesto contra la ciencia, la epistemología y el método (Ensayo filosófico-político, 2025); Nicolas Rosa. Estos textos, estos restos (Ensayo literario, 2026, junto a Laura Estrin). Narrativa: Antibiografía. Declaraciones impropias (Narrativa, 2022); Paso en Falso. La pesadilla azul (Narrativa poética, 2026). Poesía: Lomo de dragón (Poesía reunida, 2025). Coautor de los ensayos: Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (Ensayo filosófico, 2018, junto a Ariel Pennisi); El Anarca. Filosofía y política en Max Stirner (Ensayo filosófico-político 2021, Argentina; 2023, Italia; junto a Ariel Pennisi); Sátira y Política. Diario de la Argentina de Milei (2025, junto a Ariel Pennisi). Autor de numerosos prólogos a obras de filosofía contemporánea en italiano, portugués, francés y alemán. Publicó numerosos artículos en libros y revistas sobre filosofía, literatura, estética y política.

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