Perú, otra vez

Entrevista a Víctor Miguel Castillo (Coordinador en la Fundación Rosa Luxemburgo para el Cono Sur, investiga economías populares en CLACSO)

¿Qué factores definen la inestabilidad institucional crónica de Perú?

Hay un uso arbitrario de un recurso constitucional creado por el fujimorismo, que es la vacancia, facilitando la destitución del presidente. Y fue el propio fujimorismo, que no logrando ganar las elecciones, recurrió arbitrariamente a esa figura. Lo hicieron siempre que los gobiernos se alejaron del programa neoliberal iniciado pro Alberto Fujimori. En Perú se mantuvo la constitución del 93 surgida del autogolpe de Fujimori en 1992, sosteniendo así la reconfiguración económica y jurídica surgida de las relaciones de ese gobierno con Washington. Por su parte, los poderes fácticos hicieron su parte ejerciendo presión e influencia. Estas condiciones generaron un encadenamiento de otras inestabilidades en otros órdenes.

El fujimorismo, sin ganar elecciones, consiguiendo alianzas parlamentarias, ha conseguido gobernar junto con lobbies y poderes fácticos, mediáticos y judiciales. Los gobiernos democráticos no gobiernan en última instancia. Es una suerte de consenso del poder que gobierna de hecho.

Al mismo tiempo hay que tener en cuenta las leyes represivas y el comportamiento de las fuerzas de seguridad en su rol disciplinador y de control poblacional. En Perú la represión social alcanza niveles de violencia explícitos… por eso con Dina Boluarte hubo más de 60 asesinados por en manifestaciones. Siempre son poblaciones indígenas del sur las atacadas, mientras que las manifestaciones en la costa son distintas. La impunidad generó una forma de disciplinamiento en la calle, desalentando a mucha gente que sintió el clima temerario. ¿Qué sentido tendría luchar por unas instituciones que no modifican la vida, poniéndose en riesgo? El cálculo vital está claro…

Es muy curioso que en Argentina, los mismos economistas y políticos que se la pasan hablando de la incidencia del «riesgo político» en la economía, elogian el modelo económico de Perú, que va por su noveno presidente en diez años… ¿Cómo definirías la relación entre política institucional y economía en Perú?

Por un lado habría que destacar que hasta hace un tiempo el modelo de la derecha argentina era Chile… pero es cierto que últimamente la referencia es Perú. Para pensar la relación entre política institucional y economía en Perú hay que remitirse nuevamente a la constitución del 93 que le dio un poder desmesurado al Banco Central de Reserva y, en particular, a su operador que es Julio Velarde, la mano “visible” del mercado para una suerte de “capitalismo popular”, dinamizado por todo un mercado de trabajo que es informal y no tiene perspectiva de formalizarse, sino, al contrario, es inherente a ese tipo de capitalismo. Hay toda una corriente de economistas que en Perú comenzaron con Hernando de Soto y tiene que ver con ese blindaje al BCR, para garantizar una economía de enclave, donde la baja inflación no repercute en la calidad de vida de la población, afectada, en realidad, por la ausencia de inversión pública. Se trata de una macroeconomía estable, con un PBI dependiente de las materias primas y bajísima inversión social. Entonces, hay un sistema de salud público que se cae a pedazos, una educación superior inaccesible para la mayoría e igualmente de muy baja calidad y prácticamente sin jubilaciones, dado el bajísimo número de aportantes.

La política institucional que se articula con ese modelo económico es la represión constante, desde Fujimori en adelante para impedir cualquier avance en sectores clave como la educación y la salud. Por eso, cuando se habla de la “peruanización” de la Argentina, se tiene que tener en cuenta que la macroeconomía peruana cierra con un modelo represivo explícito sobre el cuerpo social. Economía quiere decir también disciplinamiento de los cuerpos, moldeados de acuerdo a las necesidades macroeconómicas.

Además, hay que destacar que un sector de la política y de los economistas, cercanos a Vargas Llosa, por ejemplo, se dedicaron a pensar a los sectores populares en clave capitalista, resaltando la figura del emprendedor, que ahora se asocia a los trabajadores de plataformas, tratados discursivamente como “emprendedores”, protagonistas y dinamizadores, en lugar de víctimas.

Roberto Sánchez es un político formado y con experiencia en gestión local y fue ministro del gobierno depuesto de Pedro Castillo, ¿qué tipo de construcción política lo ubica como candidato?

Roberto Sánchez fue discípulo del padre Gustavo Gutiérrez, uno de los pioneros de la teología de la liberación en Perú. No tiene una gran trayectoria política y no era necesariamente el candidato de la izquierda. En un contexto de fragmentación, Sánchez fue el elegido de Pedro Castillo, que incluso le dio su característico sombrero para dejar en claro su elección. Por otro lado, Perú es uno de los países con mayor descreimiento en la política, donde la imagen pública de los referentes políticos es muy mala. Dina Bouluarte llegó a tener 3% de popularidad en las encuestas. Sánchez pasó al ballotage con un poco más del 10% de los votos y Keiko Fujimori con cerca del 17%. O sea, que Roberto Sánchez no cuenta con un movimiento detrás suyo, apenas representa una reivindicación de lo que pudo haber sido la continuidad de Pedro Castillo (su gobierno fue interrumpido, ninguneando el voto recibido, sobre todo, de las comunidades indígenas del sur, que, cuando se presentaron en el Congreso para protestar fueron ferozmente reprimidas). El voto a Sánchez es una reivindicación de Castillo, que está preso producto del lawfare evidente, ya que lo acusaron de rebeldía…

También es cierto que hay sectores dentro de la izquierda que no confían en la figura de Roberto Sánchez o que directamente lo consideran un oportunista. A diferencia de Castillo, es un criollo costero, él viene de Lima, es un profesional (psicólogo), y no tiene el arraigo popular de Pedro Castillo que era políticamente más ingenuo. Se especula que Antauro Humala hubiera sido su aliado, pero su perdido fue impedido de participar de las elecciones (el hermano del ex presidente Ollanta Humala había cumplido con 17 años de prisión tras ser condenado por la toma de una comisaría en rebeldía contra el gobierno de Alejandro Toledo, hoy preso por corrupción N. E.).

¿Es posible afirmar que una victoria de Sánchez redundaría en la escena repetida de fragilidad institucional, mientras que una victoria de la hija del dictador Fujimori tendría mejores chances de mantenerse en el poder a costa de un fuerte armado represivo?

Esa es la impresión y el temor que muchos tenemos. Fujimori es el cáncer que hizo metástasis en las instituciones peruanas. El fujimorismo, que gobernaba sin la necesidad de ganar elecciones, tiene ahora esta posibilidad. Su poder sería absoluto, con mayoría congresal, con una mayoría en el senado, mediante alianzas. Es necesario volver a remontarse al autogolpe, cuando Fujimori promueve la disolución dl Senado (entrando con dos tanques de guerra), justificándolo por el gasto que causaba. Pero el fujimorismo, al no ganar elecciones fue ocupando las instituciones, sobre todo el Congreso, ganando capacidad para condicionar a los presidentes. Ahora, desconociendo el referéndum de 2018 que proponía la reinstauración del Senado, rechazado por el voto popular, sacaron una ley que habilita esa posibilidad. Es decir, cuando antes atentaron contra las instituciones, ahora que ya las tienen cooptadas, buscan reforzarlas, creando un Senado propio, su propia casta (los diputados, que no pueden reelegir, podrán pasar al Senado) con mayor autoridad que el propio presidente. O sea que, más allá de ganar las elecciones, el fujimorismo se garantizó el poder institucional; pero ganando las elecciones el blindaje será mayor. Además, la victoria de Fujimori es un hecho lamentable desde el punto de vista de la memoria histórica, teniendo en cuenta los crímenes de la dictadura… que un Fujimori nos vuelva a gobernar habla de una decadencia moral de un país sin alternativas. Hay que preguntarse qué pasa en el alma social del Perú (esa memoria colectiva) y también qué traumas convertirían a Keiko Fujimori en algo menos malo que un gobierno de izquierda… por ejemplo, la alusión permanente a la experiencia de Sendero Luminoso, aunque de manera distorsionada, ya que esa organización atacó y secuestró a muchos dirigentes de izquierda.

Mientras tanto, si hubiera ganado Sánchez, hubiera encontrado límites por parte del poder fáctico, imposibilitado de llevar adelante políticas reformistas moderadas, sin poder tocar la matriz neoliberal. Los presidentes que pudieron llevar adelante algunas políticas populares fueron siempre trabados. Un Gobierno de Sánchez, con un corsé tan ajustado se vería en problemas por no poder mostrar cambios en lo inmediato y eso lo expondría a críticas que se suelen hacer a la izquierda por “no saber gobernar”. El mismo Pedro Castillo nunca logró armar una base social que lo sostuviera o lo pudiera defender de un Congreso tomado por el fujimorismo. De hecho, tuvo que gobernar echando mano a las peores herramientas de la constitución de Fujimori, con estados de excepción, incluso con muertos por represión social durante las protestas por el alto costo de vida, tras el alza del costo de los combustibles. Generó las condiciones para que el Estado de excepción, con Dina Boluarte pasara a ser la norma. Si Sánchez, de ganar, gobernara de esa manera quedaría muy frágil.

¿Hay otras derivas territoriales que alimenten fortalezas políticas populares más allá del plano institucional?

Artículo anterior Artículo siguiente