Un vagón de injurias. Narrado en whatsapp
Kovalsky
[14:25, 12/3] K: Salí del closet a los 54 años. ¿Tarde, no? Bueno, uno sale cuando puede. En mi caso, cuando no pude. Cuando no pude seguir representando aquello que no era.
[14:25, 12/3] K: La discursividad circulante a partir del “Ni una menos” fue el catalizador que aceleró el impulso y el punto de partida de un proceso existencial.
[14:25, 12/3] K: En ese proceso fui pasando por diferentes estadios e incorporando nuevas facetas, desde dotar de sentido personalísimo al término orgullo. ¿Orgullo de qué? De anexar lo oculto y expandir mi identidad, abriendo una nueva dimensión marica, para acercarme a una vida más plena y auténtica. También aprendí a afilar espadas punzantes contra inquisidores biologicistas incapaces de distinguir la diferencia entre sexo y género. O contra las reducciones al absurdo de cultores farsescos de prosopopeyas, destructores de categorías básicas de inteligibilidad humana: ‘¿Qué, entonces si te autopercibís como una lata de tomates o una licuadora te tenemos que aceptar?’ Díos mío… ¿Cómo se inscribe una licuadora en el vínculo social?
[14:25, 12/3] K: Mi expresión de género cuenta con calzas, jeans elastizados ajustados, depilación, no mucho más. Lo que podríamos denominar una masculinidad divergente, sólo un modo distinto de ser hombre. Lo femenino no es sólo mujer o genitalidad, es modo de calibrar el goce más allá de los perímetros que nos impone la masculinidad.
[14:27, 12/3] K: Bien, dicho esto, uno sale a la calle y es atravesado por mezclas de cuchicheos, risitas de complicidad, miradas deseantes o comentarios vitriólicos. Al principio bajás la cabeza y te convertís en un catador de veredas, no pasa nada, con el tiempo te acostumbrás. Es como cuando te mudás a una casa lindante con una vía de ferrocarril, a los pocos meses ya no lo escuchás.
[14:27, 12/3] K: ¿Pero qué ocurre cuando te subís a ese mismo tren y tampoco lo escuchás, debido a que muchas veces las injurias lo tapan todo?
Te lo cuento:
[14:27, 12/3] K: Vivo en Sáenz Peña, Partido de 3 de Febrero. Para salir a Capital e ir a mi trabajo en el centro, el ferrocarril San Martín es entre todas, por lejos, la mejor opción.
[14:27, 12/3] K: Con paso flexible camino diariamente por el andén de la Estación Sáenz Peña hacia el cabezal. Ahí espero la locomotora > furgón > vagones. El chiste es abordar el vagón que está pegado al furgón, ya que cuenta con asientos disponibles debido al temor que a veces infunde la muchachada intensa con el tinto camuflado en botellas de gaseosa, el fasito, las voces altisonantes, las escenas de pugilato, etc. No obstante, siempre abordo el vagón pegado al furgón.
[14:27, 12/3] K: Parado en el andén. Veo llegar el tren, pero lo primero que captura mi atención son cabezas y brazos saliendo por las ventanillas del furgón lindante con la locomotora. A medida que el tren aminora la velocidad, pasa delante mío y se detiene, en ese intervalo la cofradía chabona, en medio del barullo indescifrable me grita:
‘Eee puto, puto’.
‘Qué linda que estás’.
Subo callado al vagón y me siento sin decir nada.
[14:27, 12/3] K: Hasta ahí nada nuevo bajo el sol: Grupete de 3 ó 4, uno que lleva la voz cantante, el resto que festeja. Quien me injuria, individualmente jamás me diría nada. Ocurre que tiene que afirmar su masculinidad ante sus cófrades. ¿Por qué necesita afirmar su masculinidad?
[14:27, 12/3] K: Esta escena ha ocurrido siempre, pero se ha intensificado aún más con la llegada del presidente “topo” que vino a destruir el Estado por dentro. Presidente topo que en el foro de Davos conectó la pedofilia con la homosexualidad, habilitando a muchos de sus zombies lactantes a que vomiten sus sandeces homofóbicas.
[14:27, 12/3] K: Subo como siempre al mismo vagón, una barrita de cuatro pibes de unos 20 años me grita lo de siempre. Me siento sin decir nada. Dos estaciones antes de llegar a mi destino (Palermo), atraviesan la puerta del furgón y se mandan a mi vagón para bajar en la estación Paternal. No contentos con lo que me gritaron desde el furgón, me encara uno y vuelve a la carga:
‘Ee puto, puto’.
Le respondo: ‘¿Qué pasa, está mal ser puto?’
‘Sí, porque (ininteligible)… puto, puto’.
Me levanto y le grito: ‘¡Perfecto, explicale a todo el vagón por qué está mal ser puto! ¡Ex-pli-ca-le a to-do el va-gón por qué esta mal ser puto!’
Me tiró un par de frases en código viejita (indescifrables) y se bajó junto a sus tres subalternos.
[14:27, 12/3] K: Obviamente, en esta situación de violencia verbal en el transporte público, uno, atravesado emocionalmente, en medio de un desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces (Borges), reacciona como puede. Y así fue. El punto es encontrar un antídoto para no quedar encarcelado en el odio hacia quienes nos injurian. Mi remedio es la simbolización. Es decir, tomar la experiencia e inscribirla en una red de lenguaje, conceptos, significantes; materia prima para trabajar y comprender al Otro sin caer en su lógica violenta.
La pregunta es qué les pasa a aquellos cuya estructura de personalidad no está lo suficientemente autoafirmada o carece de recursos intelectuales, e incluso físicos para defenderse…
[12:42, 13/3] K: Cuando nos gritan ‘¡putoooo!’, no nos describen como personas, nos señalan como caso. Nos reducen y luego nos totalizan. Puto lo es todo. Nos fijan en un significante con el objeto de estabilizar la estantería que solo a ellos se les mueve. Es un mecanismo de defensa, la manera de atemperar la angustia de sus fantasías.
[12:42, 13/3] K: ¿La masculinidad hegemónica es natural? ¿No es acaso performativa? ¿No precisa ser constantemente reafirmada?
[12:42, 13/3] K: ¿El vagón (y el espacio público) es neutro?
No. Está lleno de regulaciones silentes: heterosexualidades implícitas, masculinidades sin pátinas de feminidad, cuerpos sin altisonancias, gestos discretos. Mientras esto impere, nadie registra el atravesamiento de esta normativa silenciosa.
El punto es que la irrupción marica en ese espacio, lo politiza, quita un velo, activa la disputa, interpela.
En mi caso particular, la interpelación fue doble: Primero con mi sola presencia. Luego con mi reacción, dando vuelta el tribunal simbólico, conminándolo a que explique por qué estaba mal ser puto.
[11:34, 19/3] K: En definitiva, ¿cómo se constituye una identidad? Entre otras cosas, vía reconocimiento social. Cuando esto no ocurre, cuando un Otro desea que NO existas, hay un craso ejercicio de violencia simbólica, la institución de un no-lugar asignado a los disidentes heteronormativos.
El choque entre lo ontológico identitario esencialista, donde prima lo biológico y las creencias, y el enfoque ontológico relativista-relacional , que separa prístinamente sexo de género, abordándolo como constructo psico-socio-cultural, es parte fundante de estos debates.
El enfoque esencialista da por sobreentendido que nuestro género encajará como un puzzle, de modo absoluto y perfecto con nuestro sexo (estereotipo de género), y si esto no ocurre, aparece en algunas ocasiones la injuria como acto de lenguaje, como enunciado performativo que te coloca en un lugar específico de Lo Real, con las subsiguientes micro-condenas que reciben los cuerpos a-normados cuando se inscriben en lo social.
¿Comprenden acaso la diferencia entre sexo y género? ¿Estiman plausible realizar un esfuerzo por entender tal diferencia?
Si la respuesta es NO… Bueno, lo no simbolizado retorna y produce efectos: radical otredad, jerarquías imaginarias, normativización del goce, rechazos, angustias y asquitos. Ahí es imposible tender puentes, donde uno explica y el otro se cierra como un huevo.
Si la respuesta es Sí… aparecerá con claridad que no existe ningún hecho, fenómeno o asunto que no pase por el tamiz de nuestro cerebro, y que éste no lo dote de un significado concreto, y que esta significación es una resultante de la conciencia que las personas tienen de sí mismas y del mundo que las rodea, y que se convierte en social cuando los significados son compartidos por una pluralidad de sujetos. A partir de ahí, que forme parte de los valores sociales y se conviertan en creencias es cuestión de tiempo.
La perspectiva de género nos saca del blanco y negro. Posibilita una escala de grises, de diferentes posicionamientos al interior de la estructura del deseo. Esto verdaderamente no jode a nadie, no intenta ir contra la institución familiar ni a palos, simplemente nos permite llevar una existencia auténtica sin falsas representaciones.
Como bien explica Ernesto Meccia en su libro El Último Homosexual, en el pasado, la vivencia de un homosexual estaba atravesada por la disonancia cognitiva. Consistía en sobreimprimir dos mundos: el público, donde representaba lo hétero, exiliándose de su propia identidad y el privado, de sufrimiento, marginalidad y silencio.
Los tiempos han cambiado, hemos dejado atrás el régimen de la homosexualidad y hemos ingresado al régimen de la gaycidad. Es decir, tiempos del orgullo, el reconocimiento y la visibilidad social. Y esto no tiene vuelta atrás, es un cañonazo imposible de desviar, porque para NO desear, habría que desear no desear. De ninguna manera…
Fuente imagen: Presentes