
Madres de Madres
Por ALEJANDRA GONZALEZ y ADRIAN CANGI*
a la memoria de Nora Morales de Cortiñas
Mi vieja cumplió 91 años y solo recuerda su infancia tenebrosa, y a mí, su hija única. Afásica y táctil, mi madre de 97 años con Alzheimer, solo toca la yema de mis dedos, de su deseado único hijo. Se fue a vivir antes de su infancia de exilio y dolor. Nuestras madres yacen en la infancia tenebrosa o zambullidas en un sueño sideral hace miles de años luz. En Argentina, madre no hay una sola. Y se nos van muriendo, Hebe, ahora Norita. Se nos van muriendo en un tiempo de hambre y de fractura sin otros. ¡Un tiempo de abismo! ¡Un tiempo nefasto! Un diminutivo, aquel de Norita, que apenas nos atrevemos a usar, hasta verla cerca nuestro, luminosa y suave, por recepción y donación, en aquella habitación del infierno. La última vez que la vimos en presencia, no fue en una plaza o en una marcha multitudinaria, aconteció en el edificio de oficiales de las cuatro columnas de la Ex ESMA. Allí donde comulgaban en una antigua capilla los torturadores, antes de ejercer su oficio de goce, transformado por muchos y muchas luchadoras en un archivo y auditorio para las voces de cualquiera. Hace apenas unos meses nos alentaba Norita a nosotros, que apenas nos deslizábamos por una sorprendida disolución ante un abismo, que se nos viene confirmando y se expande sin confines conocidos.
Madre no hay una sola, es grande su protección, aunque también son muchos los dolores cuando se van yendo. No nos consuela que sean viejas, viejísimas, no nos consuela que hicieron todo lo que se podía hacer: volverse militantes, feministas, eruditas en temas complejos de la economía y la deuda eterna, de esta patria que amaron por sus hijos y por todos nosotros. Y ella, Norita, que ni conocía nuestros nombres, era también nuestra mamá. Esta Argentina nefasta que nos rodea, no la desilusionó. ¿Cómo hizo? No terminamos de preguntarnos en silencio, y le pregunto a mi amigo a viva voz: ¿cómo se hace para atravesar este páramo? Se sabe que concluirá, como todo ya concluyó. ¡Todo pasa y esta miseria vital, también pasará, como un cuento de terror! El ángel de la historia nos mira con horror, aunque el angelado que mira la Argentina, también lo hace con una sonrisa irónica, tanguera, de porteño que se las sabe todas. ¡También pasarán estos momentos para el ángel de la historia!
Aunque, sentimental, reconoce que no hay modo de enfrentarse a una forma sin doblez, a una mirada angélica, a palabras que caen por el peso de la presencia, de los actos, de los mundos que las habitan. ¡No es que vamos a extrañar a Norita! Es que no sabemos cómo vivir sin esas sombras que los jueves, ahora en sillas de ruedas rodean una columna inmóvil, que han visto más lágrimas que las que puedan contarse. ¡Eran una garantía, de que se podía cambiar, profundizar, seguir e insistir, aunque nos echaran agua hirviendo en la cabeza! Si se mueren, ¿cómo seguir? ¿Cómo continuar? En la Argentina, madre no hay una sola.
Creemos que la pregunta “ahora”, no es por la resistencia, sino por la invención “aquí”. Aunque para ello, solo necesitemos el anacronismo y la poética de pasados lejanos que remueven nuestro barro. Mujeres, claro, que inventaron otro modo de hacer política. En un país oligárquico y racista, gorila y de calculados gestos de potestad para matar, unas amas de casa inventaron otro modo de hablar y otros gestos para insistir. Con palabras-fuerza que horadaban por el peso de ninguna autoridad fálica, sino por la perseverancia de una potencia intensa de la ronda común. Matriarcado de alta intensidad. Potencias de alta suavidad. Aunque siempre sustraídas del poder. Mujeres sin poder que inventaron la política. No es humanismo, ni son derechos. No se trata de eso. El humanismo está obsoleto y siempre fue genocida. Y los derechos pueden ser enunciados infinitamente y nunca cumplidos. Las madres, que no son una sola, inventaron una teoría vital de los deberes públicos y simbólicos en la textura de una ronda común de los días, que dejó huella sobre el infierno del tiempo. Allí donde hay dolor, estaban, y también convocaban una alegría, que culminaba en una consigna pública cada vez: “¡Todas por todas y todos son nuestros hijos!”. También allí estaban, para decir en nuestros oídos: “¡No estamos solas!”.
No eran solo las Antigonas que eternamente entierran a sus muertos, antes de cualquier pelotera política. Eran las que entierran a los muertos, cuidan a los enfermos, participan en todas las actividades políticas, toman partido, a veces se equivocan, aunque tienen posición para cada situación. Están siempre. Con el pañuelo verde, antes blanco, antes rojo, de nuestra sangre y nuestras luchas, siempre poniendo el cuerpo y alzando la voz. Una teoría vital de los deberes. Eso es lo que acompaña a los abandonados, a los abatidos con el dolor a cuestas, a los que han perdido la insistencia para continuar. No es una ética, es una política. No es la ley divina contra las leyes humanas. Es el modo en que una posición corpórea de madre, la de un colectivo, supera los límites de cualquier ley, por definición limitada. Cuando todo parecía perdido, inventaron una institución duradera. No una Universidad, sino una ronda que cambió la historia argentina. Estamos en riesgo, ¿nos hemos perdido todo eso que hace a la igualdad en lo común? Lo estamos perdiendo bajo el grito desenfrenado de una libertad vacía. Sin ronda, ni ritual, ni símbolos comunes. Aunque, y lo sabemos todos, ellos y nosotros, quedan cicatrices. Marcas, que por mas que intenten borrarse, emergen como en un block maravilloso. No importa, un gen se ha acurrucado en nustra sangre, y en cualquier momento, volvemos a girar en círculos, circularemos por siempre y no hay manera de borrar esa huella.
La palabra sentido mantiene distancia de lo sensible, del mismo modo que el espectro de un espíritu lo hace con lo concreto sentido de los afectos. Podríamos ensayar, siguiendo esta huella en redondo, propia de lo concreto sentido, la misma génesis de los enlaces del sentido para continuar. El secreto de la unidad imborrable de aquellas mujeres en ronda, es el de bailar sobre una tumba, capaces de cuidar a cada quien y a cualquiera, hasta correr la venda de los condenados a muerte, aquellos cuerpos desaparecidos vueltos espectros de la potestad miserable de la ley del padre. ¿Potestad? ¡No! ¡Marcas de la ronda de lo concreto sentido! Aquella intensidad carnal y material de la existencia de madre, será al fin interrumpida por la mediación de la ley con el nombre de “espíritu”. Las fragancias, bajo el nombre femenino y coqueto de Norita, fueron borradas por la violencia hasta ya no poder mirarse a la cara en ningún espejo. Miró solo el porvenir, sin dejar de viajar al pasado. Fue despedida con un gesto común: ¡Nora Cortiñas presente! ¡Nora presente, Nora presente, ahora y siempre! ¡Hasta la victoria siempre! Se fue, sin encontrar “aquí”, al activista Carlos Gustavo Cortiñas, evaporado de la faz de la tierra en Castelar, el 15 de abril de 1977 con 24 años de edad, cortando su porvenir en una militancia consagrada a la Villa 31. Gritan los pueblos: ¡30.000 compañeros detenidos y desaparecidos presentes, ahora y siempre!
Es que la ronda de estas mujeres, se lanzó bajo el nombre de vida y con reservas justificadas ante el poder, que subyuga desde la fundación, para actuar en el mundo de los riesgos, de las decisiones, de los asuntos comunes, de los conflictos, de lo político, aunque una y otra vez, quisieran silenciarlas. Sabemos que la triste objetividad espectral de la conciencia, abandona el cuerpo y toma la forma del rostro ausente y siniestro de la ley del padre, aunque la atracción del ensueño de la ronda de los pañuelos blancos sobre la tierra, no abandona las tramas del sentir político, de la intuición, imaginación, sentimiento, percepción, e incluso, de los hábitos de cuerpos que enlazan el tacto con la vida. Reconstrucción del retrato de Pablo Míguez (1999) de la escultura Claudia Fontes, abre el siglo veintiuno desde el Parque de la Memoria en nuestras costas rioplatenses de barro y plata, como memoria de los vuelos de la muerte. “El hombrecito que camina sobre el agua”, así como la memoria popular lo conoce, mira la línea de horizonte desde su figura flotante, fija u oscilante sobre las aguas del naufragio argentino. Al mirar la escultura de Pablo Míguez, siempre de espaldas al espectador, indicando la dirección del naufragio y negando el rostro del niño desaparecido, insiste “la vergüenza de ser hombres”, ese otro nombre de “la banalidad del mal”.
Es la especificidad absoluta del dolor que singulariza, y cuando éste se hace inhabitable, nos rodean e insisten los lenguajes intolerables del sufrimiento, como miserable compensación, que impide por su veladura, cualquier pregunta en carne viva, en el borde incluso del sujeto o de su propia expulsión. El sufrimiento produce sentido de lo desposeído cerrándose sobre la “primera persona”, justo allí donde el dolor, abre el cuerpo a lo inconmensurable, porque desmemoria y lo hace remitiendo solo al vórtice de la herida común. Entre el mirador y las espaldas de la escultura de Fontes, en esos 70 metros que median entre el retrato imposible y la mirada, encontraron su lugar las cenizas de Madres de Plaza de Mayo, ampliando por la acción de la comunidad, el sentido de la obra, al mismo tiempo que des-obrando el lenguaje del arte por el llamado siempre político. La transformación del lugar, por una pasión comunitaria, quisiéramos, tal vez como la ronda común, pudiera vencer a las prácticas del odio.
*Alejandra González. Ensayista y Filósofa. Dra. en Filosofía (USAL). Magister en Análisis del Discurso (UBA). Profesora e investigadora de la UBA, y la USAL. Autora de El concepto de realidad (2003), De poetas, niños y criminalidades. A propósito de Jean Genet (2003), Roberto Espósito. Tres ensayos sobre una teoría im-política (2009), Simone Weil y Étienne de La Boétie. Ensayos sobre el deseo de libertad y la voluntad de servidumbre (2011), entre otros.
*Adrián Cangi. Ensayista, editor, curador, realizador audiovisual, filósofo. Posdoctor en Filosofía y Letras (USP-FAPESP). Dr. en Sociología, Filosofía y Letras (USP). Especializado en Estética y Teoría del arte (UCM-Fundación Ortega y Gasset). Profesor e investigador UBA, UNLP y UNDAV. Director de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas y del Centro en Estéticas y Políticas Contemporáneas Latinoamericanas (UNDAV). Autor: Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (2011, 2014); Gilles Deleuze. Anomalías. Interferencias. Querellas (2022, Edición reducida digital); Antibiografía. Declaraciones impropias (2022), Negacionismo. Naufragio de la memoria (2023), entre otros.