Ser el propio dueño, ¿y el propio sindicalista? Repartidorxs de plataformas
Andrea Fagioli (politólogo italiano residente en Argentina, Doctor en Filosofía de la UNSAM, investigador del CONICET)
Suelen ser tomados como ejemplo negativo de los nuevos empleos de baja calidad, de la pérdida de derechos, la última frontera de la flexibilización e híper precarización del trabajo: los esclavos del siglo XXI. También se los toma como emblema de militantes/votantes libertarios, víctimas desclasadas de esta etapa del capitalismo dominada por las plataformas digitales. En algunos casos, se pretende visualizar una clase obrera digital, punta de lanza de un movimiento obrero que necesitaría renovarse. No es así, por lo menos no lo es ahora.
Si nos instalamos en la calle con la disposición a escuchar a las y los trabajadores de las aplicaciones de delivery, si “frecuentamos” grupos y foros donde comunican y comparten desde información vital para el trabajo hasta memes, donde se chicanean por el fútbol o las elecciones, encontramos un universo bastante más complejo, que se escabulle a cualquier simplificación y que nos obliga a poner en tela de juicio casi todo lo que pensamos.
Empecemos por lo primero: no son los nuevos esclavos. Basta mirar cómo muchos se dan manija mutuamente y/o se “bardean” por sus logros en los grupos virtuales, para entender que tampoco se sienten, ni –faltaría más– les gusta ser tildados de esclavos. Al contrario, es muy común que algunos compartan el recibo con las ganancias de la semana para presumir lo bien que les está yendo. Actitud que suele generar reproches por parte de quienes sostienen que la publicación de estas ganancias “fabulosas” genera un aumento del número de repartidores y, como efecto, una caída del número de pedidos por repartidor. Muchas críticas en redes también reciben quienes son desprolijos, acusados de perjudicar a quienes “hacen las cosas bien”. Para sus protagonistas, ¡el trabajo en plataformas de delivery se tiene que cuidar!
Repartir a través de plataformas digitales es un trabajo que, por múltiples razones, es bastante “potable”, no solo para quienes fueron expulsados de un mercado laboral que no para de escupir trabajadores, que encuentran en el rubro del delivery una alternativa bastante rápida para salir del paso. Siempre que se compare con otras formas de generar ingresos. De hecho, antes que trabajos rígidos y pesados, con patrones insidiosos, prefieren trabajar a tiempo completo, pasando 8, 10, 12 o hasta más horas arriba de bicicletas y motos –de necesitarlo, en muchos casos pueden extender la jornada laboral–, y lo que ganan no está mal. Para un número importante de ellas y ellos es más de lo que ganaban en anteriores empleos o de lo que obtendrían en ocupaciones alternativas.
Es obvio que la generalización de lo que ha sido definido como “uberización del trabajo” produce efectos nefastos en muchos niveles; sin embargo, en economías con mucho trabajo informal, como la Argentina, si se piensa desde la realidad de una cantidad nada despreciable de trabajadoras y trabajadores de las App de delivery, este tipo de trabajo no implicó necesariamente una pérdida marcada de derechos. Esto por una razón bastante sencilla: antiguos peones de electricistas o de plomeros, delivery de la pizzería de barrio, empleadas del kiosko de la esquina, migrantes que recién llegan al país, entre otros, nunca tuvieron derechos relacionados con el trabajo formal. Incluso, como las plataformas les exigen ser monotributistas –fundamental también para implantar la idea del trabajo autónomo– muchas y muchos por primera vez tienen obra social, aunque pagándola de su bolsillo, y aportan un mínimo para su jubilación, lo que también corre su cuenta.
Por otro lado, flexibilidad horaria en la calle no rima necesariamente con flexibilización y la carga negativa que conlleva. Al contrario, se trata de algo que por lo general es muy valorado por quienes reparten. La idea de no tener un horario fijo, aun cuando ello derive en una jornada laboral más extensa de la de un empleo subordinado, es por ejemplo compatible con el estudio y tareas de cuidado. También les sirve a trabajadoras y trabajadores de otros rubros para complementar salarios –inclusive en blanco– prácticamente inmovilizados desde hace dos años, no logrando mantener el paso de la inflación en dólares, de las cuotas, etc.
Si cambiamos de punto de observación, desde el lado de las empresas propietarias de las plataformas, el proyecto parece ser más ambicioso que simplemente ampliar y monetizar un servicio que, por ejemplo, en una ciudad como Buenos Aires existe desde hace mucho. Dejando de lado la cuestión de la acumulación de los datos, que según algunos teóricos es el principal objetivo de las plataformas, las empresas parecen asumir una tarea fundamental en el sueño neoliberal de la sociedad compuesta por empresarias y empresarios de sí, por personas que no se piensen como trabajadores, sino como capitalistas que invierten su capital humano –que en la mayoría de los casos no es otra cosa que su capacidad de trabajar– en distintas actividades de las cuales extraen un flujo de ingresos.
Las campañas basadas en el eslogan “Sé tu propio jefe”, que en primera instancia convierten a las y los trabajadores en “socios”, desligando al capital de todo lo que tiene que ver con la seguridad social y, en el fondo, cualquier responsabilidad, parecen aportar su grano de arena al moldeado de una nueva subjetividad emprendedora. Jefe de sí y empresario de sí se superponen sin más en esa narrativa.
Sin embargo, si volvemos al nivel de la calle, la impresión es que esta sinonimia se rompe en el contacto con el cemento. Si una mayoría afirma que es su propio/a jefe, aludiendo a la autonomía en el trabajo, a la posibilidad de tomarse un día sin tener que pedirlo ni negociarlo con nadie, o de trabajar más o menos horas, así como de no sufrir ningún maltrato en el lugar de trabajo, no son mayoría quienes se definen “empresarios”. En cambio, ser el jefe de una o uno es perfectamente compatible con la conciencia de estar trabajando para una plataforma; de que la plataforma gana a partir del trabajo de quienes reparten –que, dicho sea de paso, organizan en total autonomía el trabajo, haciéndose cargo de tareas que no les corresponderían, como el servicio al cliente–, y también es compatible con la bronca de que están pagando muy poco, de que es oscura la lógica de las tarifas, de que no permiten alcanzar los bonos con los que las plataformas los seducen, de que olvidan las propinas, etc.
Esto no quiere decir que la mayoría de las y los trabajadores de plataformas estén en contra de la anunciada reforma laboral, ni que haya en este momento una disposición generalizada a la lucha para exigirles a las Apps mejores retribuciones y condiciones de trabajo. Al contrario, entre las y los repartidores, el significante “sindicalista” –usado a veces para callar a quienes dicen “deberíamos parar”– es una mala palabra. Sin embargo, las distintas formas de solidaridad que se pueden rastrear y a las cuales las y los trabajadores acuden para solucionar diferentes problemas y ayudarse mutuamente en un sinnúmero de situaciones, choca con la idea de competencia generalizada que encarna el sueño húmedo de quienes apuntan a la construcción de una sociedad integralmente neoliberal. Ahí mismo, y en la brecha que separa la autonomía del jefe de sí de la inversión del empresario de sí hay un trabajo político como desafío…
Imagen: Infobae